Ayudar a los demás, ayudar a los pobres

El que tiene miedo a la pobreza no es digno de ser rico – Voltaire”

Una persona con ciertos principios anda por la calle, es una persona con un trabajo, una familia, cada año compra las postales de la cruz roja, tiene un niño apadrinado en África y colabora en todas las recogidas de alimentos de su ciudad. Es un buen vecino o una buena vecina e incluso dona sangre porque su salud se lo permite, cree que es útil y encima le dan un bocadillo cuando va a donar sangre. La persona que hoy anda por la calle es una buena persona pero hoy casualmente hoy, un hombre que duerme sobre unos cartones le ha pedido dinero. Podría dárselo, pero no lo hace, tampoco le mira. Por supuesto le ha visto, pero es mejor hacer ver que no, así el no darle se hace más llevadero. Ese hombre o mujer que pide, mañana será otra u otro, no dejará en su memoria la más mínima impresión.

No te acerques a él. Seguro que quiere el dinero para drogas. Cuidado que no te robe y otras son frases que han calado en nuestra mente desde pequeños. La sociedad nos enseña desde pequeños a temer a los pobres, a no mirarlos, a convertirlos en una parte más del paisaje de nuestras ciudades. ¿Por qué? Nada me gustaría más que poder responder a esa respuesta por convicción. Podría poder ser por seguridad, podría ser por vergüenza, por una mezcla de ambas o por cualquier otra cosa, no lo sé.

Lo que a día de hoy todavía me resulta curioso es que seguimos más asustados por lo que nos pueda robar un hombre vestido con andrajos que un hombre vestido con traje, y hombres vestidos con traje nos han robado muchas veces. Así que supongo que aunque haya una parte de miedo debe haber algo más, pero ¿qué?

Igual vemos en la gente lo que nos podría llegar a pasar a nosotros, igual no queremos que nuestros hijos vean la miseria del mundo, o no queremos que tomen ejemplo. Igual que la historia de Bhuda, ese príncipe indio al que su padre quería evitar cualquier miseria y por tanto le impidió conocer la muerte, la enfermedad y la pobreza mientras pudo hacerlo.

Parece tan fácil colaborar con una organización, desde casa, desde el teléfono o desde una página web. Parece y es tan fácil ser un buen samaritano cuando no hay que mirar a la pobreza a la cara. Pero que pasa cuando eso sucede. Muchos bajamos la vista, nos hacemos los ciegos. ¿Quién nos ha educado para ello? ¿Es esto solo un reflejo de como afronta el ser humano los problemas?

No tengo vergüenza, pero cuando he pensado en ello si que he sentido vergüenza, no por el que pide, por mi mismo. Pero siempre existe una justificación, y es que dar es tan difícil.

¿Es realmente bueno dar zapatos gratis a los pobres? ¿Regalar el excedente de recursos de un país a otro más “necesitado”? No lo creo, dar no siempre es ayudar. Pero, ¿quién nos enseña cuando se debe dar? ¿Quién será quien nos enseñe a mirar a la pobreza a la cara y enfrentarla?

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