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Clic. La catedral de la ciudad. Clic. La estatua de un general a caballo. Clic. Ese famoso cuadro de un pintor del que no recuerdo el nombre. Clic. Los tablones de madera que pisó por primera vez Da Vinci.

Espera, ¿los tablones de madera que pisó por primera vez Da Vinci? ¿Acaso tiene eso sentido? Tal vez no lo tenga, pero la facilidad que nos dan los móbiles hacen que la pregunta carezca de sentido: una foto sea virtualmente gratuita. Es muy probable que cuando la miremos con el paso del tiempo ni siquiera recordemos porque la tomamos. De hecho es probable que ni siquiera volvamos a mirarla nunca. Es algo que viene de la mano del progreso y no tiene porque ser malo. Las fotografías ya no tienen la misma función que antes, igual que ya no la tienen los libros.

Este último mes sin embargo he estado observando algo curioso. Hemos delegado no sólo gran parte de nuestra memoria a las fotografías si no también gran parte de nuestro interés. No es sólo que la fotografía no se trate de algo artístico para muchos, si no que ha pasado a ser un acto mecánico tan importante en si mismo como lo que se fotografía.

Manadas de turistas avanzan por la ciudad, de monumento en monumento. Algunos se paran a mirar lo que les ofrece ese rincón concreto y luego disparan, otros invierten el proceso. A unos pocos, uno se da cuenta, tanto les da donde esten realmente. Llegan de la mano de un guía tiran la foto y se van sin haber mirado el lugar, ni con su ojos ni en la pantalla de la cámara.

Entonces el observador curioso se pregunta: ¿podrá apreciar todos los detalles en 1/160 segundos?

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Conectados y aislados

“Quedarse en lo conocido por miedo a lo desconocido, equivale a mantenerse con vida pero no vivir – Desconocido”

Parece raro empezar una reflexión con el título de “Las comunicaciones en redes sociales” con una cita sobre lo conocido y lo desconocido. Pero hay una relación. Internet nos ha traído una época en que las comunicaciones están al alcance de la mano. Es habitual hablar con la gente a través del correo, de las redes sociales o de las aplicaciones de nuestros teléfonos móviles.

De hecho dicen que las redes sociales y las aplicaciones de comunicación móvil nos han facilitado la comunicación enormemente, que han ampliado nuestros horizontes sociales, que nos han llevado a un mundo súper conectado. Estaría ciego si lo negase. La gente usa estas aplicaciones en casa, por la calle, en el trabajo, en los bares. No es raro ver a gente hablando a través de sus dispositivos incluso estando otra gente presente.

Dicen que las nuevas tecnologías han abierto nuevos horizontes, que nos hemos convertido en seres más sociales, más abiertos. En eso discrepo. Las nuevas tecnologías, las redes sociales y las aplicaciones nos han aislado del mundo, de la sociedad. No en el sentido más extremo por supuesto, pero si en cierta manera.

Las redes sociales se adaptan a lo que vemos para ofrecernos información relacionada. Los buscadores adaptan sus respuestas según las que hemos cogido en el pasado. Nuestro historial de conversaciones en cualquier aplicación va dejando cada vez más abajo aquella persona a la que apenas escribimos. Nos está permitido bloquear a gente, incluso borrarla de nuestras vidas en la red. Por supuesto también podemos hacer esto en nuestra vida real, nada nos lo impide. Aún y así esta inteligencia artificial, este mundo creado a partir de nuestras preferencias, crea una burbuja que nos situá en nuestra zona de confort. Vemos cosas que sabemos que nos gustarán, oímos cosas que sabemos que nos gustarán y hablamos con gente con la que ya tenemos confianza. Si una situación nos sobrepasa, podemos sumergirnos en nuestro pequeño mundo de confort. Ese que llevamos en el bolsillo. Si una relación concreta nos asusta podemos lidiar con ella a través de una pantalla. No es malo, pero hay detalles que hablan sin palabras: los silencios, los gestos, las miradas, la postura.

Vivimos en un mundo cada vez más conectado, cada vez más social y que cada vez nos muestra más sólo aquello que queremos, que nos aísla cada vez más en una burbuja donde todas las cosas resultan más o menos confortables. Si nunca salimos por miedo a lo que haya fuera, es como mantenernos con vida pero no vivir.

Conectados y aislados

Sobre la generosidad

“El hombre es a veces más generoso cuando tiene poco dinero que cuando tiene mucho, quizá por temor a descubrir su escasa fortuna – Benjamin Franklin”

Creo apropiado empezar con esta cita de Benjamin Franklin porque nos viene a decir que aquel que ayuda a los demás, entendiendo la generosidad más allá del dinero, tiene mayor fortuna que el que no lo hace. Quizás debido a unos valores, quizás porque la gratitud siempre vuelve de una u otra forma. Aún en forma de gratitud hacia uno mismo. Sin embargo, pensando en la generosidad aparece una curiosa pregunta. ¿Es generoso el rico que dona un millón de dólares? ¿Es generoso el poderoso que crea una institución para cuidar de los desfavorecidos?

Estando en Myanmar (antigua Birmania), participé en el Alms Round, la colecta que realizan los monjes budistas para pedir comida y otros bienes. Estaba en un centro de meditación que cuidaba a más de 2000 personas mayores, sin hogar o con diversas enfermedades y que subsistía únicamente de la generosidad de la gente. ¿Es menos generoso el que da una manzana porque no tiene más que el que da tres sacos de arroz, teniendo 100 en casa?

Según la RAE, una de las acepciones de generosidad es: “Valor y esfuerzo en las empresas arduas”. Es aquí donde realmente quería llegar. ¿Es generosidad la donación de un millón de dolares de parte del que tiene tantos millones que es incapaz de contarlos? Seguramente podemos decir que la donación es por una buena causa. Pero, el que tiene en sus manos hacer mucho más y no lo hace, ¿está siendo generoso? O simplemente lo es aquel que en un momento dado ofrece todo lo que tiene a otro sin esperar nada a cambio.

Si definimos la generosidad en estos términos, parece imposible la generosidad continua y mucho más definir a un individuo como generoso. Sin embargo, desprendernos de aquello que no nos es útil, dejar caer las migas para aquellos que las necesitan, tampoco creo que pueda entenderse como generosidad. Y no quiero con ello menospreciar estos actos, que no dejan de ser bondadosos. ¿Es adecuado irse a tales extremos para tratar de entender la generosidad?

Sobre la generosidad

El espejo de los libros

Hoy no empezaré con una cita porque soy incapaz de encontrar una adecuada. Hace unos días fue el día del libro y en Cataluña es una ocasión magnifica para salir a la calle y pasear entre tenderetes llenos de libros. Es posible encontrar las últimas novedades y los libros más vendidos del año.

Creo que los libros son un reflejo perfecto de la sociedad que los escribe. Si así fuese, pasear entre los tenderetes del día del libro sería algo así como mirar a los ojos a la sociedad en la que vivimos.

Este año los tenderetes estaban repletos de libros de auto-ayuda, de libros “sólo” para mujeres y de otros libros. Lo de los libros sólo para mujeres evidencia, al menos, la voluntad de cambiar la sociedad hacia un estatus más justo entre hombres y mujeres. Aunque el que los libros sobre mujeres sean vendidos como sólo para mujeres me hace dudar de que se esté enfocando correctamente el asunto. No creo que se deba mostrar a las mujeres un mundo utópico sólo para ellas y por el que solo ellas deban luchar. Los libros sobre mujeres deben ser también para hombres. Para educar en que también ha habido mujeres importantes en la historia, para mostrar que un mundo con una mayor igualdad es posible. Tanto hombres y mujeres deberían remar en la misma dirección. Limitando la lectura de ciertos libros al público femenino, no creo que se fomente este trabajo conjunto.

Aun a riesgo de parecer que cambie de tercio, quiero decir que desde que he vuelto de viaje he tenido una extraña sensación de desazón, decepción y hasta enfado al participar en algunas conversaciones. ¿Será porque el viaje ha cambiado algo dentro de mi? Independientemente del motivo, no deja de sorprenderme verme en conversaciones en las que se habla de la sociedad del bienestar en la que vivimos. Por supuesto tenemos mucha suerte de tener lo que tenemos. Nunca se concreta que es lo que tenemos, sin embargo debe ser de dominio público. Estas afirmaciones son más propensas a salir cuando se menciona un país africano o asiático. No quiero entrar en la discusión sobre las sociedades de estos países, ni en la comparación con el nuestro o con otras sociedades como la estadounidense.

Lo que si que encuentro extraño, es esa idea sostenida por todos, como si de un dogma se tratase, de que vivimos en la sociedad del bienestar. No porque no se viva bien, si no porque las quejas en todo tipo de conversaciones están también a la orden del día. Porque la pobreza sigue siendo bien visible en calles como las de Barcelona. Porque la corrupción en este país no parece ser distinta a la de otros países “tercermundistas” donde todos en el gobierno son corruptos. Porque no nos hemos dado cuenta, pero a día de hoy sale casi tan barato fabricar en España como en China. Porque manifestarse frente al parlamento conlleva multas. Porque criticar a la figura del rey libremente conlleva penas incluso de cárcel. Por muchos otros motivos que soy incapaz, incluso de ver, tengo esa sensación de ilusión del estado de bienestar que todos nos esforzamos por mantener. Si hace falta repitiéndolo muchas veces.

Volviendo al tema de los libros, la gran cantidad de libros de auto-ayuda evidencian un problema en nuestra sociedad. A juzgar por los títulos, hemos perdido la capacidad de reír, de ser felices, de saber lo que queremos, de llevar una vida tranquila o incluso de encontrar tiempo para divertirnos. Muchos libros de auto-ayuda se enfocan en estas temáticas, y eso no es malo, pero creo que evidencia grandes carencias en esta sociedad que autodenominamos la del bienestar.

Me gustaría cerrar este artículo con la reflexión sobre otro tipo de libros, los de ciencia ficción, que creo que aportan una visión igualmente importante de nuestro estado del bienestar. Hace unos años, los libros de ciencia ficción, con algunas excepciones, presentaban mundos en los que los avances tecnológicos permitían una vida mucho mejor. Un sinfín de posibilidades se abrían ante nosotros. Desde las extrañas impresores 3D definidas por Neal Stephenson en la era del Diamante, hasta los curiosos inventos de la guía del autoestopista galáctico como el babel fish. Star Trek, más conocida, nos prometía viajes espaciales y asombrosa tecnología (como puertas que se abrían solas).

Con mucha de la tecnología que se presenta en los libros de ciencia ficción de hace unos años al alcance de nuestras manos, la ciencia ficción parece haberse movido. Las distopías están a la orden del día. Futuros apocalípticos en los que una empresa ha arrasado el mundo, en el que las guerras por el agua o las enfermedades han dejado un planeta prácticamente inhabitable. Me gustan las distopías, pero este tipo de novelas, este giro para encumbrarlas, refleja, en mi opinión, una fe más bien escasa en un futuro mejor. Y esto forma parte también de la sociedad del bienestar.

El espejo de los libros

Persiguiendo la felicidad

“Quizás porque ya no veo la felicidad como algo inalcanzable, ahora sé que la felicidad puede ocurrir en cualquier momento y que no se debe perseguir – Jorge Luis Borges”

Mucha gente se pasa la vida buscando la felicidad. Como un objetivo, como algo que está por venir. En el ajetreado mundo en el que vivimos pocas veces nos paramos en nuestro día a día para preguntarnos “Hoy, ahora, en este instante, ¿soy feliz?”

Nos pasamos la vida tratando de alcanzar la felicidad y eso en si mismo lo convierte en un persecución fútil. La felicidad es un estado efímero, tanto que no puede pensarse en futuro. El pensar en un estado de felicidad futuro nos crea angustias y problemas en el presente. Pensar en una felicidad futura es abandonar la consecución de una felicidad presente. Bien sea porque el buscarla en el futuro se deba a que no la tenemos en el presente o bien porque no nos dedicamos el tiempo a preguntarnos como nos sentimos ahora.

Normalmente la consecución de un objetivo nos produce felicidad, pero está no suele ser el objetivo en si mismo, si no un curioso y agradable efecto colateral. Supongamos que nos ponemos por meta ser infelices. Pongamos que lo consiguiésemos. ¿Si nuestro objetivo en la vida fuese ser infelices que sucedería si lo consiguiésemos? ¿Viviríamos ese momento de epifanía feliz por haber conseguido uno de los grandes objetivos de nuestra vida? ¿No quedaría nuestro objetivo rasgado en ese mismo momento?

Si por el contrario nuestro único objetivo en la vida es la felicidad, ¿no quedaríamos vacíos, sin nada más que esperar de la vida, en cuanto encontrásemos, aunque fuese solo por unos segundos, la felicidad?

La felicidad es algo efímero, presente y en el ínterin lo sabemos todos. De ahí las expresiones carpe diem, el zen u otras disciplinas similiares. No creo que debamos ni podamos perseguir la felicidad, pero si que de vez en cuando es necesario parar el mundo, nuestro mundo, y preguntarnos si somos felices.

Me gustaría cerrar el post con otra cita que considero una conclusión más que adecuada para esta reflexión:

“No vivimos nunca si no que esperamos vivir; y disponiendonos siempre a ser felices, es inevitable que no lo seamos nunca- Blaise Pascal”

Persiguiendo la felicidad

Vuelta a casa

“El aburrimiento es el que ha inventado los juegos, las distracciones, las novelas y el amor. – Miguel de Unamuno”

Estoy de vuelta en casa. He viajado durante un año y dos meses, un poco más. Hace 8 días que volví y no he tenido tiempo para nada, aunque he tenido tiempo para mucho. Al salir de viaje he podido ver muchísimas cosas, bonitas o no. Quizás una de las más importantes cosas que he podido ver ha sido la sociedad en la que vivía, desde fuera, sin prisas.

Parece que tendría que haber aprendido de ello, de una observación externa y tranquila y sin embargo, he vuelto a casa y en pocos días me he visto arrastrado por el ritmo de vida que veía desde fuera y al que me prometía no volver.

Vivimos en una sociedad donde el silencio está siendo desterrado. El aburrimiento apenas tiene lugar. Tenemos infinidad de estímulos, de opciones, de entretenimientos. Las nuevas tecnologías contribuyen a ello: infinidad de opciones, de distracciones y de estímulos en la palma de nuestra mano sin levantarnos del sofá.

Hoy en día parece que no tenemos tiempo para aburrirnos. Lejos de ver esto como algo positivo me preocupa. Hace 8 días que llegue a casa y todavía no he tenido tiempo de pensar en todo lo que ha pasado. No he tenido tiempo de pensar en que me parece el haber vuelto a casa. Sin embargo todos parecen esperar respuestas a esa pregunta. ¿Que me parece el haber vuelto a casa? No lo sé. No he podido pensar en ello, todo ha sucedido, está sucediendo, muy rápido.

Nunca me aburrí viajando, pero fui capaz de encontrar esos momentos de paz en los que reflexionar. Esos momentos en lo que te encuentras a solas con tus pensamientos y puedes decidir que te parece todo aquello que has vivido. Esos momentos en los que realmente aprendes algo, extraes conocimiento de la experiencia.

Ni que decir, que desde que compré el teléfono en la última visita a Tailandia esos momentos se han reducido. El teléfono ofrece multitud de entretenimientos al alcance de la mano. Hasta puedes decidir cual prefieres en cada momento.

Necesito encontrar ese momento en el que mi cabeza pueda decidir que le ha parecido realmente todo lo que ha vivido. Encontrar esos momentos en los que, igual que hacia en el viaje, me pueda parar a hablar conmigo mismo.

¿Estamos perdiendo en nuestra sociedad la capacidad de aburrirnos? ¿Estamos perdiendo con ello la capacidad de reflexionar, de crear?

 

 

Vuelta a casa

Un buen sistema económico

“Bajo el capitalismo el hombre explota al hombre. Bajo el comunismo es justo al reves. – John Kenneth”

Ya he pasado por varios países comunistas o que vivieron una época comunista y por muchos más que viven inmersos en el capitalismo. Las diferencias para los que menos tienen son, sorpresa, inexistentes. El campesino laosiano sufre las mismas penalidades que el campesino tailandés o incluso coreano.

Sin embargo parece que en el mundo actual hemos llegado a encontrar un enemigo común, un enemigo que en palabras de la ONU justifica que: “por primera vez se crea un ejercito para luchar por la libertad y la democracia”. La frase se refiere a la guerra de Corea, aunque claro, a Corea todavía le faltaban por vivir dos dictaduras, de ideologia capitalista, de las que nadie les salvo.

Igualmente sorprendente es oír a los vietnamitas hablar de los países libres refiriéndose a los países capitalistas cuando ellos tienen también un sistema parecido al democrático. Tampoco queda claro si un sistema parlamentario sin mecanismos de control en manos del pueblo se ajusta a la definición clásica de democracia.

Al final parece que de alguna manera hemos sido capaces de asociar la palabra capitalismo a la palabra libertad. Mientras que se ha asociado la ideologia comunista al mal y esta asociación continua día tras día. Claro que cuando toca rescatar empresas en quiebra parece que las ideas del comunismo o del socialismo no parecen tan malas como cuando se trata de atacar a un enemigo político.

La fuerza de las palabras y de la publicidad parece habernos convencido de que el comunismo es el mal y el capitalismo es la libertad. Palabras que entre ellas deberían tener poco que ver. Quizás ha sido la historia la que ha juntado los significados, quizás no.

No se si esta publicidad en contra de ciertas ideologias, que ha conseguido penetrar en el subconsciente de muchos, es algo que los gobiernos han promovido de forma consciente o si incluso es algo que ha superado a los gobiernos.

 

Podemos acabar recordando que sin cuidado
La guerra es la paz
La libertad es la esclavitud
La ignorancia es la fuerza
Como nos advertía Orwell en 1984

Un buen sistema económico