«Ver lo que está delante de nuestros ojos requiere un esfuerzo constante» – George Orwell
Soy informático y eso me ha llevado a tener muchas conversaciones con amigos y familiares acerca de ordenadores, cookies, privacidad en Internet e inteligencias artificiales. Todos, de una u otra manera, hemos ido aceptando ceder nuestros datos a cambio de la comodidad de utilizar servicios y aplicaciones. Es difícil negarse a ello y las reticencias iniciales que una persona pueda tener quedan diluidas en el constante esfuerzo que requiere mantener a webs, aplicaciones y empresas lejos de tus datos personales.
Hemos normalizado situaciones como ir a comprar y que nos digan: «Listo, dame tu número de teléfono y te doy el tique.» En esta situación, me pedían el número de teléfono para hacerme socio de la tienda en cuestión. No hubo preguntas sobre si quería hacerme socio, ni ningún tipo de información. Más bien parecía un requisito para conseguir el tique de compra. Curiosamente, ninguna de las tres personas que tenía delante se opuso a dar su número de teléfono. Tampoco la trabajadora parecía haberse planteado lo adecuado de pedir el teléfono de esta manera.
No es que no debamos dar el número de teléfono, es que poco a poco hemos perdido esa capacidad crítica, hemos perdido las ganas o la capacidad para lidiar con este acoso constante sobre nuestra información personal. Nos enfrentamos cada día a decenas de peticiones para aceptar cookies o políticas de privacidad. Leerlas, negarlas o configurarlas todas supone un esfuerzo titánico que las menos pueden o quieren asumir. Y así, poco a poco, hemos llegado a una distopía que pocos autores han imaginado.
Las distopías son mundos apocalípticos, mundos donde el gobierno ha destruido las libertades individuales a base de drogas, censura, un ejército u otro mecanismo. Las distopías son mundos donde el planeta ha sido destruido, donde las mujeres fértiles son convertidas en esclavas, donde el agua no es apta para el consumo humano o donde las guerras nucleares han devastado la Tierra. Pocas distopías dibujan un mundo como lo que nosotros mal llamamos el primer mundo.
Tengan la forma que tengan, todas las distopías se caracterizan por la alienación de los individuos, de la sociedad en su conjunto, por la deshumanización de los personajes o por la destrucción del mundo en el que viven. Identificar una distopía en un libro o una película es sencillo y, sin embargo, vivimos sumidos en una gran distopía de la que parecemos no ser conscientes: el capitalismo.
El capitalismo se ha convertido en una de las mayores distopías. En los recientes incendios que ha habido en España (hablo de 2025, aunque es probable que esto aplique a cualquier momento en que leas esto) las compañías de transporte subieron precios aprovechando la necesidad de la gente de transporte y la imposibilidad de acceder a aviones o trenes. Compañías como Delta proponen precios personalizados según las necesidades del cliente. A más necesidad, mayores precios. Empresas como Uber o Cabify usan datos del propio teléfono para subir los precios a aquellos usuarios que tienen poca batería o a aquellos que vuelven a casa. Empresas con grandes beneficios aprovechan situaciones de dependencia para generar mayores beneficios. No es algo nuevo, pero el saberlo no suaviza el golpe al leer estas noticias: el capitalismo vive de aprovechar la necesidad, de lucrarse de ella.
Internet, la cesión de datos y las inteligencias artificiales han sido los detonantes del golpe final de esta distopía. La posibilidad de explotar las debilidades no de determinados colectivos, sino de individuos concretos. La posibilidad de exprimir a cada persona hasta las últimas consecuencias. Pero no solo eso, la época del Big Data y la inteligencia artificial han abierto la puerta a la educación o el adoctrinamiento de los individuos a través de la subcultura. Algo que tradicionalmente había sido el campo de juego de las minorías y disidentes se ha convertido ahora en el juguete de los grandes actores de esta distopía.
Lo realmente terrorífico no es que el sistema haya conseguido la alienación de las personas o de la sociedad, es que ha logrado convencernos, a una mayoría al menos, de que no hay alternativas mejores. No niega la posibilidad, niega que las posibilidades existentes supongan alguna mejora. Domina las instituciones y, más importante aún, domina la cultura. Internet está lleno de contenidos que, desde la supuesta broma e inocencia, mandan mensajes en contra de minorías, en contra de teorías económicas, en contra de las redes de apoyo y a favor de la individualidad. Mensajes codificados de manera que parezca que los que tienen acceso a ellos pertenecen a un pequeño grupo privilegiado, dándoles además del mensaje deseado la creencia de que pertenecen a una élite.
Internet ha logrado desplazar el discurso hacia el propio centro de la distopía, hundiéndonos cada vez más en ella. El supuesto mecanismo democratizador se ha convertido en el campo de juego de los grandes defensores del capital. La cultura disidente queda enterrada entre montones de contenido basura. Las amenazas anónimas y constantes castigan a aquellos que alzan la voz, mientras se permiten algunas voces aparentemente a contracorriente, pero que no cuestionan realmente el núcleo del sistema, solo aquellas aristas que no hay problema en pulir.
Así, poco a poco, las alternativas que podrían sacarnos de esta distopía o aliviar su presión, como son las redes de cuidados —ya sean vecinales, de amistades, familiares o de cualquier otro tipo—, se van deshilachando bajo los lemas de la meritocracia, la marca personal, los mensajes de odio y los enfrentamientos individuales por «privilegios» o la promesa de privilegios futuros. La cultura, motor del cambio y semillero de ideas, queda en manos de unos pocos, y el gran medio democratizador que debía ser Internet está muy lejos de aquella idea utópica de hace unos años y cada vez es más difícil encontrar rincones que no estén controlados por los grandes medios o promotores del capital.
Incluso el gran modelo defendido por el capitalismo, la propiedad privada como opuesto a los campos o herramientas comunales del comunismo, su gran enemigo, ha quedado diluido en los modelos de pago por uso. Ya no poseemos películas: alquilamos servicios de streaming que modifican mensualmente su catálogo. Lo mismo sucede con la música o incluso con los editores de texto como Word y su modelo 365 de pago por uso. Así, el vídeo como servicio, el entretenimiento como servicio, las herramientas como servicio o tantos otros bienes ofrecidos como servicio nos acercan más a las grandes empresas, haciendo aún más difícil el control sobre nuestros datos y la toma de decisiones sobre qué usamos y la manera en que lo usamos.
De la misma manera, el auge de las inteligencias artificiales percibido como un ente pensante ha hecho que mucha gente confíe sus búsquedas de información, sus búsquedas de ayuda, de terapia, consejos legales, de inversiones y muchos otros campos en chats conversacionales u otros tipos de inteligencias artificiales sin ser consciente de cómo funcionan realmente estas herramientas, sin plantearse tampoco los posibles sesgos de estas aplicaciones que, a fin de cuentas, están creadas y controladas por empresas que tienen también sus propios intereses. Cuando la idea de que las máquinas no se equivocan ha permeado en toda la sociedad, la confianza en herramientas digitales como las IA para ciertas tareas profundiza en la destrucción de las redes de cuidado y en la introducción de sesgos de los que tal vez no seamos conscientes.
Como decía George Orwell en la frase que abre el texto, hay realidades que son difíciles de ver, aun cuando están delante de nuestros ojos. Eso sucede actualmente. Es difícil ser consciente de cada vez que cedemos nuestros datos, es agotador pensar constantemente en qué uso harán de ellos o quién hay detrás de esta idea o de este mensaje en redes. Es desquiciante tratar de adivinar si los mensajes tienen un sentido oculto o algún sesgo del que no nos demos cuenta. Nadie quiere, en un mundo de estrés, presiones, trabajo, desgracias naturales y preocupaciones diarias, tener que complicarse la vida pensando en qué productos son responsables, cuáles coherentes o qué servicios nos hunden más en esta distopía. Hay alternativas, las redes de cuidados siguen funcionando y hay mucha gente poniendo medios para crear cooperativas de consumo, bibliotecas de objetos, grupos de apoyo, etc., así que una salida todavía parece posible aunque sea difícil de ver sumido en la vorágime del día a día.