Baja por paternidad

Hoy es el último día de mi baja de paternidad y quería compartir algunas situaciones ocurridas durante los últimos ocho meses. Ser padre es algo delicado, es nuevo y no tienes ni idea de como enfrentarlo por lo que muchas de las situaciones que quiero compartir me han hecho dudar, pensar en si estoy haciendo o no lo correcto y supongo que esas dudas son las que me hacen compartir estas situaciones.

Podemos empezar por la demoledora frase: “Ahora te quedas de niñera”, que he escuchado varías veces y que esconde demasiadas cosas que deberían cambiar. Al nacer mi hijo decidimos que partiríamos la baja, es decir, que primero la haría uno y luego el otro. Así podríamos postergar un poco el momento en que nuestro hijo tendría que ir a la guardería. La frase no la oí nunca mientras la madre estuvo con el niño. Sin embargo, sí que me la dijeron a mi varias veces y me molesta. No me quedo de niñera, se trata de mi hijo. Me toca hacer de padre, algo que no he dejado de hacer desde que nació. No es un trabajo distinto al que hago cada día, simplemente ahora tengo la suerte, el privilegio, de poder estar con él en casa cada día. Ser un hombre, no hace que cuidar de mi hijo deje de ser mi trabajo. En la misma línea está la expresión “Estás hecho un padrazo” en cuanto te ven cambiar un pañal. Cambiar un pañal no me convierte en un padrazo, darle el biberón a mi hijo o abrazarlo cuando llora no me convierte en un padrazo. No a menos que mi pareja se lleve los mismos elogios por las mismas tareas. Al parecer a ella cambiar un pañal no la convierte en una madre mejor o peor, simplemente damos por hecho que debe hacerlo.

Después de las pullas o los halagos están los consejos o las advertencias. “Está demasiado empadrado/enmadrado”. “Es que está todo el día con vosotros”. “Siempre os busca, a la que te vas se pone a llorar”. “Lo tenéis demasiado protegido”. Y algunas más que seguro me dejo en el tintero. Se trata de un bebé. ¿Con quién va a estar si no es con sus padres? Somos los responsables de cuidarlo y de asegurarnos que esté bien y de que tenga aquello que necesita. Somos sus referentes en todo. Claro que nos busca, somos las personas que cubrimos sus necesidades, las que le damos amor y confianza. También lo hacemos los adultos. Cuando vamos a fiestas buscamos a nuestros amigos, en el trabajo buscamos a los compañeros con los que nos llevamos mejor, cuando salimos de nuestra zona de confort buscamos lo que nos es familiar. ¿Cómo exigirle a un bebé que no lo haga? Habrá niños que dependan más de su madre y habrá niños que dependan menos. Habrá momentos en los que habrá que empujar a nuestros hijos a valerse por sí mismos y a desempeñarse en el mundo, sin vergüenza, sin ayudas, pero no estoy seguro de que ese momento sea a los seis ni a los ocho meses de edad.

Un consejo: deberíais dejar a vuestras parejas. Renunciar a cualquier sueldo por encima de lo que vayáis a cobrar de pensión. Es por vuestro bien, de otra manera podríais acostumbraros y es sabido que todos morimos solos y que cuando seamos mayores tendremos que vivir de la pensión. Rechazad todo lo demás. ¿Os parece absurdo? Porque damos consejos entonces en la línea de “No cojas a tu hijo en brazos que se va a acostumbrar”. La vida de todos pasa por distintas etapas, no tiene sentido vivir cada momento preparándonos para el siguiente. No disfrutaríamos jamás de la vida si lo hiciésemos así. De la misma manera no veo que tenga sentido negarle amor, cariño o consuelo a un bebé porque podría acostumbrarse. Hay una gran distancia entre negar estas cosas, básicas a mi parecer, a un niño y malcriarlo. ¿Acaso negamos abrazos o besos a nuestras parejas? ¿Acaso debemos tratarles con desdén porque así es como los tratarán en el trabajo? Al fin y al cabo pasamos más tiempo en el trabajo que en casa, despiertos al menos.

Ahora imaginemos a una chica paseando por un supermercado y de repende un señor se acerca a ella, la mira fijamente y le acaricia la mejilla. “Hola, guapa”, le dice. Sería una situación muy desagradable. Lo más probable es que la chica llamase a seguridad. Sin embargo, al hacérselo a un bebé, todavía hay quien se sorprende cuando el bebé se pone a llorar. ¿Por qué no debería llorar si una completa desconocida le acaba de tocar la cara mientras iba tranquilamente con sus padres? No tengo nada en contra a que la gente salude al niño o que le diga cosas. Al fin y al cabo, creo que a todos nos iría mejor si nos saludásemos por la calle, pero de ahí al contacto físico hay un trecho muy grande y si sobrepasamos ese trecho invalidar al niño diciéndole que no debe llorar cubre un trecho aún mayor. ¿Por qué no debería llorar?

Por último, y dejándome seguro muchas situaciones en el tintero, está la eterna dualidad. ¿Es bueno el niño? “Es que el niño es un llorón”, “es que el niño es un quejica, tragón, etc.” todo etiquetas peyorativas que a cualquier adulto le sentarían como una patada en el estómago y que en cambio toleramos y aceptamos cuando van dirigidas a niños, en especial a bebés. “Si se lo digo de forma cariñosa”. Pocos adultos aceptarían ese tipo de cariño.

He tenido la gran suerte de poder pasar cuatro meses con mi hijo, cuidando de él. Viendo como crece, descubriendo sus primeros momentos: la primera vez que se puso en plancha, cuando empezó a arrastrarse, a gatear, a ponerse de pie, a llevarse la comida a la boca. He tenido la oportunidad que no tuvieron nuestros padres, que apenas tuvieron uno o dos días de permiso, si es que lo tuvieron. Es una gran oportunidad, no solo para disfrutar de nuestros hijos y crear un vínculo precioso, si no de empezar a cuestionarnos muchas de estas situaciones. Los permisos han cambiado, tal vez debemos cambiar también como los vivimos.

Baja por paternidad

Volver a la tierra

Si sirves a la naturaleza, ella te servirá a ti” – Confucio

Empezamos a interiorizar que no tendremos un poder adquisitivo o nivel de vida mayor que el de nuestros padres, de la misma manera que aceptamos que nuestros hijos no tendrán un nivel de vida mayor que el nuestro.

Empezamos a aceptar como un hecho que el planeta se está convirtiendo en un lugar hostil hacia la humanidad, al menos hacia la humanidad tal como la hemos conocido en los últimos siglos. Por primera vez en la historia, los mensajes desesperanzadores son globales. Trascienden países y religiones. El mensaje es claro. Se nos da una última oportunidad y los que más poder tienen para cambiar las cosas nos piden a todos que estemos a la altura.

Vivimos en una época en que la información se ha convertido en uno de los principales activos. Las empresas más importantes del sector tecnológico se dedican a recoger datos mientras nos piden que vivamos cada vez más alejados de la experiencia física y más cerca de la experiencia virtual, más cerca de los datos.

Mientras estos mensajes se convierten poco a poco en la certeza de una época, las novelas sobre el futuro han mudado de alegres utopías tecnológicas en angustiosas distopías derivadas del colapso de los sistemas de valores, políticos y religiosos. Este cambio de visión es el reflejo de una sociedad global que no encuentra soluciones a los nuevos problemas en los sistemas establecidos, que duda que ninguno de los relatos de los que dispone para cimentar el futuro soporte las duras pruebas a las que lo va a someter.

Necesitamos un sistema que de respuesta a los grandes dilemas que afronta nuestra sociedad. Problemas en su mayoría globales. Una solución que tenga en cuenta las nuevas tecnologías, con las que convivimos desde hace años. No los móviles o internet, si no la automatización y la inteligencia artificial. Sea cual sea el planteamiento que resuelva los grandes problemas deberá ser capaz de lidiar también con los problemas del día a día, con el estrés mental que supone enfrentarse a cambios constantes, de trabajo, de formación, de exigencias, incluso de certezas.

La Vuelta a la tierra podría ser la base sobre la que construir un futuro que ahora se dibuja incierto.

¿Qué significa volver a la tierra?

En los últimos años han proliferado alrededor del mundo movimientos que defienden la vuelta a valores tradicionales, que ponen al individuo nacional por encima del individuo global, que ofrecen la vuelta a tiempos pasados, a menudo dibujados de manera que parezcan más atractivos de lo que realmente fueron. Estos movimientos, si bien no ignoran los problemas globales a los que nos enfrentamos, proponen como solución garantizar el bienestar de los cercanos a costa del bienestar del foráneo o del diferente.

Volver a la tierra no supone la vuelta a tiempos pasados, a sistemas basados en la agricultura. No propone tampoco un éxodo masivo al campo ni rechazar los avances tecnológicos que nos han traído hasta el momento presente.

Volver a la tierra es un leitmotiv para hacer referencia a un mayor cuidado de la naturaleza, a un mayor contacto con el mundo físico en contraposición del mundo virtual y a la creación de comunidades que sean capaces de crear redes de apoyo a través de la gestión de tierras o espacios de cultivo.

Algoritmos e inteligencia artificial

Ya hay empresas que escudan muchos sus comportamientos en algoritmos o inteligencia artificial. Así, esta fue una de las defensas de las empresas de Raiders en España para justificar que los repartidores no eran falsos autónomos. No era la empresa quien les asignaba trabajo ni calificaciones para obtener más repartos, era un algoritmo.

La Inteligencia artificial y los algoritmos cambian las reglas de juego, no únicamente en las relaciones comerciales, también en la manera en que empresas y ciudadanos se relacionan con la justicia y las instituciones.

¿Hasta que punto es responsable una empresa o un individuo de una decisión que ha tomado una inteligencia artificial? ¿Qué sucede si un algoritmo puede hacerse cargo de una división completa de una empresa? ¿Qué sucederá cuando dos empresas puedan relacionarse entre ellas, a nivel comercial incluso, sin requerir de la intervención de humanos?

Ninguna de las preguntas anteriores puede responderse fácilmente, pero hay gobiernos e instituciones que ya están tratando de darles respuesta. Mientras hay quien se encarga de los problemas éticos o tecnológicos, los gobiernos y muchos ciudadanos tratan de encontrar una solución a las posibles perdidas de empleo que ocasionará la aceptación de la inteligencia artificial o la automatización total de determinados sectores.

En varios países, entre ellos España, se baraja la idea de una renta básica universal. La idea consiste en que cada ciudadano reciba un subsidio por parte del estado que le permita vivir de una forma digna. El problema es que con unos sistemas de pensiones deficitarios y con las grandes empresas tecnológicas descentralizando sus impuestos, el poder garantizar una renta básica universal parece complicado. Los sistemas de bienestar europeos se basan en los impuestos, que pagan en su mayoría los trabajadores. Si los trabajadores son remplazados por robots o por inteligencias artificiales que no pagan tributos, los sistemas de bienestar se desmoronan.

Si tomamos el leitmotiv Volver a la tierra y otorgamos a los individuos o a pequeñas comunidades la oportunidad de gestionar tierras o huertos urbanos podríamos aumentar su resiliencia a la falta de capital o a periodos de desempleo prolongados.

Otorgar tierras o espacios de cultivo a los ciudadanos les ofrece la posibilidad de cultivar su propio alimento a la vez que crearía espacios verdes en las grandes ciudades y favorecería el retorno de algunos individuos a entornos rurales.

Las necesidades básicas del individuo no se limitan a tener el estómago lleno, si bien es cierto que la comida es una de las primeras necesidades a cubrir, antes incluso de preocuparse por todo lo demás.

Quedarían por solucionar grandes cuestiones como el alojamiento, el transporte, la sanidad, la educación u otros servicios igualmente importantes, pero no son problemas distintos a los que hay que solucionar con el planteamiento de la renta básica universal.

Disrupción tecnológica y salud mental

Las tecnologías disruptivas han cambiado nuestro mundo. Internet revolucionó la manera en que nos comunicábamos y hacíamos negocios, la robótica transformó muchísimos puestos de trabajo y la Inteligencia Artifical parece ser la siguiente que ha de producir un gran cambioi.

Debido a las nuevas tecnologías los puestos de trabajo de la industria se han transformado igual que lo ha hecho la manera en que los ciudadanos nos relacionamos con las empresas. Pocos trabajadores esperan, al menos en las sociedades occidentales, trabajar toda su vida en una misma empresa. Lo habitual, para el trabajador asalariado, es pasar por distintos trabajos a lo largo de su vida, tal vez incluso por trabajos en distintos sectores.

Con la irrupción de la inteligencia artificial es posible que a muchos trabajadores se les presente la dicotomía de reinventarse o quedarse obsoletos. No se trata solo de no estar al día o de no saber usar las últimas herramientas, si no de no ser capaz de desempeñar el trabajo para el que se nos ha contratado.

El cambio de trabajos, la gestión de expectativas salariales, las formaciones, los cambios de sector y otras problemáticas asociadas conllevan cierto estrés mental. ¿Cuantas veces puede una persona reinventarse? ¿Cuantas veces puede una persona ver como su trabajo desaparece?

La gestión de huertos urbanos o rurales, aun cuando no supongan la principal fuente de ingresos de un núcleo de convivencia puede ayudar a sobrellevar los cambios y la incertidumbre en el entorno laboral, que es por otra parte uno de los pilares de la construcción del yo.

La gestión y el trabajo de un trozo de tierra o de un huerto urbano permite el intercambio de trabajo físico por recursos. Las condiciones climáticas cambiantes y los retos ecológicos que están por venir añaden un factor de incertidumbre al trabajo de la tierra, pero mientras que nuestro trabajo podrá requerir una reinvención completa cada pocos años, el trabajo de un trozo de tierra o de un huerto urbano puede suponer un punto de referencia entre los cambios que han de venir.

No solo un elemento fijo entre los cambios que están por venir nos puede ayudar a superar el estrés mental de una adaptación constante, la satisfacción por el fruto del propio trabajo así como la conexión con el propio cuerpo a través del esfuerzo físico, alejándonos por unos minutos del mundo virtual, son elementos que nos ayudarán a lidiar con las exigencias del trabajo y las vicisitudes de nuestro día a día.

Aquí y ahora

Instagram, Tik Tok, Facebook, Twitter y otras tantas compañías compiten constantemente por nuestra atenciónii. Quieren que miremos el siguiente vídeo, que nos deslicemos hacia la siguiente publicación. Así, desde redes sociales, hasta juegos online, pasando por buscadores o grandes plataformas de venta tienen expertos dedicados a obtener un segundo de nuestra atención. Expertos que nos incitan a pasar un rato más en el mundo virtual, alejados del mundo físico.

No es difícil de conseguir, pues tenemos en nuestro bolsillo un catálogo de estímulos con el que difícilmente puede competir la realidad. Tenemos tantos recursos al alcance de nuestra mano para mantenernos entretenidos, para desconectar del estrés del día a día que cuando apartamos la vista de la pantalla el mundo real se nos antoja lento y aburrido.

Al volver a la tierra, encontramos un instante lejos del mundo virtual. Un instante conectados con nuestros músculos, nuestro sudor, nuestro esfuerzo. Conectados con las plantas y con la tierra. Unas plantas que no podemos hacer crecer más rápido abriendo cofres ni pagando gemas ni viendo anuncios como sucede en el mundo virtual.

Volver a la tierra es una excelente manera de desconectarse del mundo virtual, de volver a conectar con la lentitud y la paciencia del mundo e incluso con el propio cuerpo.

Comunidad y cuidado

Encontrar un trozo de tierra para todos es una tarea ardua si no imposible en las grandes urbes en las que se están convirtiendo las ciudades. No solo se trata de encontrar el espació para poder cultivar, hay que encontrar también el tiempo. Las sociedades occidentales se sustentan en una gran miríada de servicios que van mucho más allá del sector primario o secundario.

El leitmotiv Volver a la Tierra no pretende dejar de lado estos servicios ni volver a basar la economía en el cultivo de la tierra si no más bien ofrecer herramientas de resiliencia a los distintos individuos.

La gestión de la tierra o un huerto urbano planteados como actividad complementaria al trabajo diario supone una excelente manera de crear pequeñas comunidades de las que surjan reyes de apoyo y cuidado.

Se pueden ceder solares a comunidades de vecinos o montar espacios de cultivo en azoteas o espacios abiertos. Compartir el espacio permite distribuir el tiempo de dedicación así como compartir conocimientos, éxitos y adversidades creando los lazos necesarios para generar redes de apoyo en ámbitos que van más allá del cuidado del huerto o terreno.

Las comunidades y redes de apoyo surgidas del cultivo cooperativo de un huerto urbano o trozo de tierra pueden llevar a la cooperación en otros ámbitos como el de la generación energética, el transporte u otros elementos básicos igualmente importantes y frente los que un ciudadano a título individual poco puede hacer. En el caso de la generación eléctrica, sin embargo, la cooperación vecinal ya ha demostrado dar sus frutos en algunas iniciativas en Españaiii iv.

Los efectos benéficos van más allá del cuidado personal y del sentimiento de comunidad. El esfuerzo por sacar adelante un trozo de tierra, mantenerlo limpio y hacerlo crecer libre de plagas y contaminantes es una excelente manera de tomar consciencia de la importancia de la naturaleza y trabajar el respeto hacia la tierra y su fruto.

Últimas palabras y cierre

Volver a la tierra no supone un éxodo al campo ni reestructurar un modelo económico para hacerlo depender de la economía. Volver a la tierra es un leitmotiv que defiende la creación de huertos urbanos así como la cesión de tierras para ofrecer mecanismos de resiliencia a la ciudadanía.

El cuidado de un huerto urbano o de un terreno de cultivo permite generar una pequeña cantidad de alimento que puede ayudar a llevar mejor las crisis que están por venir. Añadir el cultivo en nuestro día a día no es solo un mecanismo de resiliencia, es también un elemento estable en una época de grandes cambios. Un elemento físico en un mundo digital. Un trabajo que permite obtener frutos de nuestro esfuerzo y dedicación.

En un mundo que transiciona del dominio de la especie humana al dominio de las máquinas y la inteligencia artifical, la creación de espacios de trabajo en el mundo físico puede ser beneficiosos tanto para la salud mental como para la creación de comunidades y redes de apoyo comunitarias así como para fomentar el respeto por el entorno natural. Incluso en una época de grave emergencia ecológica como la que vivimos, es más fácil respetar aquello que nos toca de cerca.

Aunque el leitmotiv rondaba mi cabeza desde hace un tiempo, ha sido difícil ser capaz de estructurar pensamientos dispersos en este texto. Ser capaz de estructurar el razonamiento tras Volver a la tierra en un texto coherente me ha ayudado a reflexionar sobre ello y espero que me ayude a seguir haciéndolo. De la misma manera que espero que me ayude a exponer mis ideas a otros con tal de poder discutirlas, corregirlas y ampliarlas.

i http://reports.weforum.org/future-of-jobs-2018/shareable-infographics/

ii https://www.bbc.com/mundo/noticias-45509092

iii https://www.efeverde.com/noticias/autoconsumo-energetico-madrid/

iv https://www.primenergy.es/blog/un-pueblo-de-soria-primera-comunidad-energetica-autosuficiente-de-toda-espana/

Volver a la tierra

Sesgo climático

«Nunca sabremos el valor del agua hasta que el pozo esté seco» – Thomas Fuller

El informe de la ONU sobre el cambio climático de 2021 es claro, la culpa del cambio climático es de la humanidad. Sus efectos a corto plazo son ya irreversibles. Gobiernos, empresas, activistas e individuos nos esforzamos por detener un cambio climático que esta a punto de pasarnos por encima. Cumbres climáticas, acuerdos geopolíticos, financiación a los países subdesarrollados, multas y otras estrategias forman lo que podríamos llamar un acuerdo global por salvar la tierra, por evitar que la temperatura suba por encima del umbral en que nuestra vida se verá alterada para siempre.

Todos hemos tenido que lidiar, a lo largo de nuestras vidas, con la fiebre en alguna ocasión. Tal como dicen en la web de la clínica Mayo, “La fiebre se produce cuando un área del cerebro llamada “hipotálamo”, también conocida como el “termostato” del cuerpo, aumenta el punto de referencia de la temperatura normal del cuerpo.” Y aunque la definición es cierta, el aumento de la temperatura de referencia normal del cuerpo suele ser el síntoma de algún otro proceso en nuestro organismo. A saber, la lucha contra un virus, bacterias, deshidratación, etc. Si es el caso, lo más adecuado suele ser tratar la causa subyacente de la fiebre además de tratar de reducir la temperatura corporal.

La fiebre me parece un símil muy adecuado para la situación de nuestro planeta. Está subiendo la temperatura y sabemos que se debe a los gases de efecto invernadero. Gobiernos, individuos y organizaciones están dedicando grandes esfuerzos a controlar las emisiones, a tratar de evitar que la temperatura siga subiendo. Sin embargo, en muchos debates parecemos obviar los motivos subyacentes de ese incremento de temperatura.

El consumo de plásticos y el aumento de temperatura se han convertido en las dos grandes cruzadas por salvar la Tierra. Mientras tanto, ignoramos otras causas, tal vez más relevantes. Vivimos inmersos en un modelo económico y social que nos lleva a consumir más recursos de los que la tierra es capaz de generar. Un sistema económico y social que muy pocos se atreven a cuestionar y que engulle a los pocos que lo ponen en duda. A veces mediante la maquinaria mediática, a veces mediante tres balas en el pecho de parte de algún sicario.

El sistema económico y social en el que vivimos inmersos no solo nos lleva a agotar los recursos anuales del planeta más pronto cada año, nos lleva a la perversión de hacer pagar a aquellos que no agotan sus recursos los excesos de los que si lo hacen. Nos lleva a cultivar mangos en Málaga, llevando la región a la pobreza hídrica porque los mangos ofrecen mayores ingresos monetarios que otros cultivos que permitirían un mayor equilibrio ecológico en la región. Nos llevan a que los mismos agricultores que agotan sus recursos a un ritmo acelerado exijan la pobreza de otras regiones para mantener su ritmo de vida.

Es el mismo sistema que convierte a las ciudades en centros de consumo de recursos que no pueden producir al tiempo que generan unos residuos que no pueden procesar. El mismo sistema que no nos permite a los que vivimos dentro de él plantearnos un sistema distinto. Al menos no a todos. Mientras muchos nos esforzamos por tratar de evitar lo que parece inevitable, unos pocos, tal vez los que mayor responsabilidad tienen de que nos encontremos en este punto de no retorno, parecen dar la batalla por perdida. Mientras gobiernos, ONG y ciudadanos de a pie tratamos de llegar a acuerdos y compromisos cada vez más restrictivos, un selecto grupo de gente emprende la carrera por la colonización espacial.

Este grupo de gente ha dado, de alguna manera, la batalla por perdida antes de librarla. Deciden no renunciar el sistema, si no llevarlo a otro lugar. Y mientras su carrera por colonizar otros planetas se acelera, nosotros les aplaudimos el esfuerzo con la esperanza de que tal vez, solo tal vez algunos afortunados puedan formar parte de ese nuevo mundo lleno de oportunidades. Un nuevo mundo regido por el mismo sistema socioeconómico que está agotando este.

Sesgo climático

Un día, un hombre atormentado por su pasado llegó al templo:

« Maestro, ¿qué penitencia debo hacer, dada la enormidad de mis delitos?»

«Comprender la ignorancia que los ha causado», dijo el Maestro.

De este breve cuento se desprende, que aquellas acciones que nos causan arrepentimiento se dan por ignorancia, por la falta de una guía moral o ética que nos guie. Deja fuera todos aquellos delitos o faltas que cometemos con pleno conocimiento del delito que cometemos.

Algunos podrán justificarse. Tal vez por necesidad, tal vez por un bien mayor a la falta cometida. En estos casos la manera de seguir adelante es clara. El motivo último pesa más que la desviación moral. Es posible convivir con una falta cuando logras convencerte de que era necesaria. No es necesariamente fácil, pero en este caso hemos puesto los cimientos para vivir con la culpa o incluso para deshacernos de ella.

¿Qué sucede en los extraños casos en que el delito se comete con plena consciencia de que se está cometiendo y no existe ninguna justificación? ¿En qué se convierte el infractor en ese caso? ¿Puede llegar a darse esa situación o la justificación para desviarse de los propios principios debe existir siempre aunque no sea fácilmente accesible?

Medida de hartazgo

El bien y el mal no existen en si mismos y cada uno de ellos es solo la ausencia del otro – José Saramago

El bien y el mal son los dos grandes ejes de todas las historias, de nuestra vida, de la sociedad. Tendemos a clasificar lo que nos sucede según sea bueno o malo para nosotros. Tendemos a clasificar a las personas que nos rodean en buenas y malas personas según lo bien que se portan con nosotros o con los demás, basándonos en un código moral definido por nuestro entorno socioeconómico y la cultura que nos rodea. Y, pese a todo, es difícil definir que es buena y que es malo. Si nos preguntan por qué alguien o algo es bueno o malo, es prácticamente imposible articular una respuesta sin relacionar lo que intentamos evaluar con otras personas o enseñanzas. El bien y el mal existen en tanto que es posible definirlos según las relaciones del objeto evaluado con su entorno.

Y aquí es donde llega la gran sorpresa. Recientemente he sido padre y me encuentro a diario con la pregunta: ¿Qué tal el niño, es bueno? o su variante ¿Se porta bien? Son preguntas estándar, típicas, en las que apenas pensamos. Un recién nacido no establece relaciones con otras personas. El primer mes, ni siquiera establece relaciones con su entorno. No conoce ningún código ético o moral, ni siquiera conoce un código de conducta. ¿Cómo puede entonces ser bueno o malo? Ante la imposibilidad de ser bueno o malo, si es que tal dualidad sin matices es posible en cualquier individuo, adulto o no, resulta que esas preguntas antes mencionadas no son más que eufemismos para preguntar a los padres por su nivel de hartazgo o hastío. Esa pregunta inocente, que permite a los padres despacharse sin remordimientos por expresar cuanto les cansa cuidar de sus hijos, establece la primera etiqueta que se asignará a un recién nacido junto a la de llorón. Esta última universal, pues el llanto es la única forma de comunicación que conoce un recién nacido. Es decir, juzgamos y etiquetamos a un individuo por hace lo único que puede y debe hacer sin pensar en las consecuencias de las etiquetas que les asignamos.

Sean cuales sean las palabras que usamos, deberían ser usadas con cuidado porque la gente que las escucha será influenciada para bien o para mal – Bhuda

Medida de hartazgo

La construcción del yo

La construcción del yo, de la identidad, es una de las tareas más arduas y duraderas a las que nos enfrentamos a lo largo de la vida. De hecho, es la tarea de toda una vida. Para lograr progresar en dicha tarea, nos dividimos en al menos dos yo distintos: el yo que soy y el yo que quiero llegar a ser. Hay matices, claro, habrá quien tenga varias proyecciones de su identidad futura, igual que habrá quien se identifique con varias identidades en el presente. Para esta reflexión, nos podemos quedar con la simplificación dual del yo.

Mientras somos niños o jóvenes, el yo deseado suele ser compartido por todos. Deseamos ser adultos. Queremos crecer y hacernos mayores. Pocas veces pensé siendo un niño en que clase de adulto quería convertirme, solo quería hacerme mayor. Eso hace que el desarrollo de la identidad en los primeros años sea, con todas las precauciones al usar esta palabra, sencillo. Queremos ser adultos y nos basta con observar los modelos que tenemos a nuestro alrededor.

Llegados a un punto de nuestro desarrollo, empezamos a cuestionarnos qué significa ser adulto y que tipo de adulto queremos ser. Aquí es dónde nos enfrentamos a una profunda crisis de identidad. Hace unos años, la vida estaba pautada y ofrecía sólidos referentes que podían ayudar en la construcción de la identidad. El camino a seguir parecía claro: casarse, conseguir una vivienda y formar una familia de la que cuidar. Ese camino es el que definía el de la vida adulta. Hoy, aunque habrá quien ande los mismos pasos, esa línea se desdibuja.

Otro de los grandes pilares en la construcción de la identidad era y es, el desempeño laboral de las personas. El trabajo nos permite identificarnos con un colectivo y desarrollarnos en un entorno que pone constantemente a prueba nuestras capacidades. Nos obliga al desarrollo del yo. La lucha feminista es un gran ejemplo de ello. La histórica lucha de las mujeres por acceder a la educación y al mercado laboral es una muestra de esta construcción de la identidad. No es solo una lucha por trabajar o por estudiar. Es una lucha por reivindicar lo que SON y por reivindicar la persona en la que quieren convertirse: lo que pueden llegar a SER. Es una lucha por recuperar un derecho del que se les ha privado. No el derecho a trabajar o a estudiar, el derecho al desarrollo de su identidad.

Lo malo, es que en una época de transformación y continuas crisis, el trabajo como referente para la creación de la identidad también queda algo desdibujado.

Ha habido otras épocas de crisis, económicas o de valores. Probablemente generación tras generación, se han cuestionado los valores de la generación anterior. Es decir, incluso con estos pilares desdibujados las personas de todas las épocas se han formado, han desarrollado su yo, sus ideas, su identidad y la han defendido delante del mundo. Y sin embargo, parece que tenemos ahora una crisis sin precedentes en lo que se refiere a la creación del yo. ¿Qué ha pasado?

La aparición del concepto de ocio. Dicho de otra manera, el tiempo que nos queda después de haber satisfecho todas las obligaciones y necesidades. Si es más fácil satisfacer las necesidades básicas, si limitamos las responsabilidades, queda un mayor tiempo de ocio. No digo que haya que eliminarlo o reducirlo. Nada más lejos de la realidad, pero más tiempo de ocio nos lleva a un mayor tiempo para cuestionar quienes somos y cómo queremos ser. Nos da más tiempo para evaluar nuestros referentes y nuestros pilares y en esta evaluación aparecen dudas. Dudas que los férreos pilares de unos años atrás no pueden apuntalar, porque ellos mismos se asientan en arenas movedizas.

Así pues, parece tarea de los psicólogos y otros profesionales darnos herramientas para poder avanzar en la creación del yo en un tiempo de crisis de valores y crisis económicas. Y entre todas estas herramientas parece que la que más sobresale es la reconstrucción del pilar del trabajo, esta vez a través de una especie de meritocracia: “Si eres como eres y tienes lo que tienes es porque te lo mereces”. Las herramientas para la definición del yo son también las herramientas para la creación de una marca personal, para presentarnos a los demás, para trabajar más y ser más eficientes, es decir, para sacar la mejor versión de nosotros mismos, emulando a aquellos que consideramos exitosos en el campo en el que queremos destacar. En palabras que sigan la línea de lo dicho hasta ahora: debemos construir el yo usando como referente a los individuos exitosos en aquellos campos que nos interesan. Expresado con estas palabras, no estamos haciendo nada distinto a lo que han hecho las generaciones anteriores. Solo hemos aumentado el número de referentes que llegan hasta nosotros.

Y esa misma forma de expresarlo, que parece tan similar a lo que hemos hecho siempre y que ha valido toda esta introducción no deja de resultar curiosa. Para la construcción de nuestra identidad miramos a las personas que nos rodean, nos miramos a nosotros mismos y tratamos de decidir que cualidades desearíamos ver en nuestro yo futuro. En todo este proceso no ha aparecido ni una sola vez el entorno. No ha aparecido el planeta que nos acoge. No ha aparecido la sociedad como concepto.

Interpretamos el mundo en que vivimos y moldeamos nuestro yo, presente y futuro, según las reglas que marca esa interpretación. Luego proyectamos en nosotros las cualidades que nos harán definir ese entorno. Por ejemplo, “quiero ser una persona respetuosa con el medioambiente”.

Dada la relación de cada individuo con su entorno natural y social, tal vez sería interesante incluir el entorno en las variables de creación del yo. Propongo realizar el siguiente ejercicio.

Definamos un mundo utópico. El mejor que podamos imaginar.
Definamos una sociedad utópica. La mejor que podamos imaginar.
Definamos nuestro yo futuro como un individuo del mundo que acabamos de proyectar, como un miembro de la sociedad que hemos imaginado. Imaginemos como seríamos nosotros en ese marco que acabamos de definir y usemos el yo imaginado como la proyección de lo que queremos ser.

Es decir, usemos la definición de un mundo utópico como otro de los pilares que nos asisten en la creación de la identidad. No es una tarea sencilla, pero tenemos toda una vida para completarla.

La construcción del yo

El germen de la inmediatez

Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras. – William Shakespeare

Me gusta escuchar la radio por las mañanas, mientras conduzco. No una cadena musical, si no una en la que hable la gente. Me ayuda a despertarme, a poner el cerebro en marcha y en ocasiones a considerar puntos de vista e incluso temas en los que no habría pensado de otra manera.

Pese a ser una actividad rutinaria que realizo todas las mañanas, me ha costado ser consciente de hasta que punto ha invadido el germen de la inmediatez la radio, las discusiones y los telediarios. Parece que se ha convertido en algo más que una necesidad. Se ha integrado en la propia sociedad.

El periodismo, las tertulias, la sanidad e incluso la propia política se han contagiado de esa inmediatez. Los políticos intervienen en un debate minuto a minuto a través de las redes sociales. Opinan y se desdicen porque antes de hablar no han consultado con sus compañeros, no han contrastado la información y en ocasiones parece que ni siquiera hayan meditado la respuesta. Los periodistas, a su vez, dan vida a estas intervenciones. También a cualquier otra información, contrastada o no.

Recientemente, en el segundo a segundo del seguimiento de una tragedia, los propios periodistas se corregían varias veces al ofrecer la información, pues la contaban tal como la iban recibiendo. Así, incluso uno de los pilares del periodismo, la validación de la información y de sus fuentes, queda infectado por el germen de la inmediatez.

Así se convierte en noticia que una administración, un famoso o un deportista no haya respondido a una pregunta, una solicitud o un comentario que se le hizo la noche anterior. Se llenan páginas enteras de comentarios e incluso horas completas de debates. Sin detenerse a evaluar cada una de las intervenciones. Sin pararse a pensar si constituyen siquiera una noticia.

El germen de la inmediatez se ha hecho ubicuo y de la mano trae la frustración. Frustración que se extiende más allá del ámbito local cuando no nos llega un paquete o cuando el servicio de atención al cliente está cerrado a partir de las ocho de la tarde. Nos frustramos porque los gestores, las administraciones e instituciones no nos ofrecen respuestas inmediatas. Nos frustramos porque las medidas sanitarias para frenar la pandemia en la que estamos inmersos y que aplicaron hace cuatro días todavía no han demostrado ser útiles. Nos frustramos porque esperamos resultados inmediatos y por mucho que apresuremos el ritmo de vida de nuestra sociedad, el mundo en el que vivimos no parece estar dispuesto a ir más rápido.

Fui complice en mi propia frustración – Peter Shaffer

El germen de la inmediatez

¿Dónde queda la filosofía?

La filosofía es un silencioso diálogo del alma consigo misma en torno al ser. – Platón.

La reflexión y el pensamiento requieren cierta quietud. No solo en el entorno, dónde tal vez sea prescindible, si no en uno mismo. La filosofía incita a cuestionar la realidad, la manera en la que se entiende y se percibe el mundo. En planos más mundanos, la reflexión, bien sea existencial, política o en cualquier otro ámbito, necesita de sosiego para evitar ser arrastrada por una pasión pasajera.

Este sosiego parece ser elusivo en la sociedad actual. Las grandes ciudades, con sus servicios y entretenimientos disponibles prácticamente las veinticuatro horas del día, las ya no tan nuevas tecnologías y un ritmo de vida frenético dan poco espacio a la quietud.

Espacios de reflexión tradicionales como los medios de comunicación, la literatura, las artes escénicas o las artes plásticas han sucumbido también, en grados diversos, a la era de la información. Ya no hay tiempo para apaciguar las pasiones. La información debe estar disponible tan pronto como existe. Ya no hay tiempo para el reposo y la lenta construcción del arte porque han aparecido nuevos actores que compiten por nuestra atención. Lo que se nos ofrece debe interesarnos al instante, de otra manera será descartado.

Entonces, si lo que no logra interesarnos en unos pocos segundos queda descartado, ¿dónde queda el espacio para nuevas ideas? ¿Dónde queda el espacio para la reflexión? ¿Para cuestionar nuestras ideas y ampliar nuestro pensamiento?

Escuchar opiniones contrarias a las nuestras, discursos que no nos gustan e ideas nuevas es parte fundamental del pensamiento, de la filosofía, incluso de la formación del yo. Permite cuestionar nuestros puntos de vista de la manera más sana, dándonos la oportunidad de ampliarlos y trabajarlos. De entender de nuevo por qué creemos en lo que creemos y dándonos la oportunidad de corregirlo.

Entre el ritmo frenético de la sociedad actual, el alud de información que nos sepulta a diario y la lucha constante por nuestra atención, cuando uno consigue finalmente detenerse unos instantes, una de las preguntas que le viene a la mente es: ¿Dónde queda la filosofía? O dicho de otra manera más llana: ¿Cuánto tiempo hacía que no me paraba a pensar en lo que pasa a mi alrededor?

¿Dónde queda la filosofía?

Viaje interior

Hay una especie de magia cuando nos vamos lejos y, al volver, hemos cambiado – Kate Douglas Wiggins

Los viajes, igual que la famosa canción de Lluís Llach, Ítaca, tienen cierto componente místico. Parece que iniciar un viaje supone también empezar un camino interior.

Ser consciente del camino interior y personal que supone cualquier viaje, le añade cierta presión. Crea unas expectativas que són díficiles de cumplir. Hace unos años, cuando planificaba el viaje a Asia especulaba conmigo mismo sobre lo que me enseñaría ese viaje. Las primeras semanas, las pasé buscando lecciones allí dónde no las había. Sin embargo, cuando volví, pasado un año, lo hice habiendo realizado también un viaje interior. Un camino, un estado con el que me volvería a encontrar en futuros viajes, algunos cortos y cerca de casa. Otros en la otra punta del mundo.

Por mi experiencia podría llegar a pensar que el viaje interior y exterior van de la mano. No puedo hacerlo. He visto y vivido otros tantos viajes que no han sido más que la visita a un lugar deseado.

Después de pensar en ello durante años tengo que darle la razón a mi compañera de viaje. Cuando uno sale se mueve, visita determinados lugares. Lo que se lleva con él no es tanto lo que aprende si no lo que desaprende.

Los momentos inesperados, no planificados, sin un destino fijo y que incitan a la improvisación son los que nos hacen arrancar ese viaje interior. No por lo qué nos enseñan o porqué nos pongan a prueba. Nos obligan a salir a nuestro propio encuentro porqué borran de un plumazo conocimientos que creiamos tener asentados y nos fuerzan a una conversación con nosotros mismos.

Por desgracia, las nuevas tecnologías añaden una dificultad adicional a hermanar el camino interior con el viaje exterior. Gracias a Internet y las nuevas aplicaciones móbiles resulta muy sencillo planificar un viaje: ver fotos de los lugares que queremos visitar, leer su historia, consultar los transportes que son necesarios para llegar hasta allí e incluso las cuatro palabras básicas para defendernos en el entorno. Toda esta planificación nos permite construir desde casa el imaginario del lugar al que vamos a ir. Convierten el viaje en la verificación de lo que ya hemos aprendido. Eliminan la parte de desaprender.

Me ha llevado años entender que tuvo de especial aquel viaje por Asia a parte de lo obvio. Me ha llevado años identificar por qué era tan importante dejarse llevar. Durante mucho tiempo pensé que estava relacionado con respetar los tiempos, con no ir de una localización a otra sin más. Algo de eso hay, sin duda, pero ahora comprendo que es cuando nos salimos de la planificación, cuando llegamos a aquel lugar del que todavía no habíamos visto fotos o cuando interactuamos con la gente de una manera en la que no habíamos imaginado cuando nuestras creencias, nuestro saber, se tambalea y en ese instante iniciamos también el camino interior.

El viajero ve lo que ve, el turista ve lo que ha venido a ver – G.K. Chesterson

Viaje interior

Reescribir el pasado

Un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla.” Desconocido

En Estados Unidos, el asesinato de un hombre negro a manos de un policía blanco ha levantado ampollas. Durante días, las protestas se han sucedido en las calles. Se han derribado estatuas de generales confederados y de opresores del pueblo negro. En todas partes del mundo se han repetido las protestas y se ha avivado el debate sobre las estatuas. Incluso en Barcelona se ha planteado quitar la estatua de Cristóbal Colón.

No pongo en duda que las estatuas de los generales confederados, las estatuas de Colón u otras muchas estatuas representen a individuos a los que no debe homenajearse. Lo que me gustaría cuestionar es la necesidad de hacer desaparecer estatuas y, en general, de reescribir el pasado.

Parece que como sociedad, nos esforzamos por eliminar todo pasado que no cumpla con los valores sociales actuales. Juzgamos decisiones estéticas y políticas e incluso acontecimientos históricos de hace cientos de años desde el prisma de la sociedad actual. Los juzgamos según el concepto de justicia y de verdad de nuestra época sin darnos cuenta de que ninguno de esos conceptos es eterno. Cambian con el tiempo, evolucionan. Las relaciones personales de la antigua Grecia no son las mismas que la de la España del siglo XXI. El contexto cultural, temporal y social tampoco son los mismos.

Derribar las estatuas entraña, a mi parecer, cierto peligro. Igual que es peligroso reescribir la historia según las convenciones sociales actuales. Cada estatua, cada cuadro, cada libro, película u obra literaria se produjo rodeada de un contexto. Si hoy en día una estatua de Cristóbal Colón preside el puerto de Barcelona es porque en algún momento tuvo la importancia necesaria para acabar donde está.

No quiero decir con esto, que deba reservarse un lugar de honor para aquellas obras que no están de acuerdo con la moral y el sentir social actual. La estatua de un dictador, un conquistador o cualquier otro personaje polémico no tiene por qué presidir un edificio público. Tampoco debe destruirse o reescribirse lo sucedido. La historia está ahí para que aprendamos de ella. Reescribirla, adecuarla al contexto social, económico y cultural actual puede hacernos perder de vista algo muy importante: el momento histórico en el que se creó y las circunstancias y creencias que rodearon su creación. De otra manera corremos el riesgo de olvidar nuestra propia historia. Tal vez no nosotros, pero si las generaciones venideras.

Creo que una obra de arte no debe destruirse, por muy opuesta a nuestros valores que sea. En lugar de eso, tal vez sería mejor retirarla a un lugar en el que pudiese rodearse del contexto adecuado, en el que pudiese explicarse porque esa obra ya no representa los valores de la sociedad actual.

Una obra literaria no debe reescribirse, un cuadro no debe repintarse, una estatua no debe destruirse. Es mejor contextualizarlas y analizarlas desde la perspectiva de la época en la que se crearon. Si es posible, acompañadas con una discusión sobre los valores de la época que las creó. De otra manera, podemos caer en la trampa de olvidar nuestra propia historia y como dijo alguien a quien no sé ponerle nombre, un pueblo que olvida su historia, está condenado a repetirla.

Reescribir el pasado