El germen de la inmediatez

Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras. – William Shakespeare

Me gusta escuchar la radio por las mañanas, mientras conduzco. No una cadena musical, si no una en la que hable la gente. Me ayuda a despertarme, a poner el cerebro en marcha y en ocasiones a considerar puntos de vista e incluso temas en los que no habría pensado de otra manera.

Pese a ser una actividad rutinaria que realizo todas las mañanas, me ha costado ser consciente de hasta que punto ha invadido el germen de la inmediatez la radio, las discusiones y los telediarios. Parece que se ha convertido en algo más que una necesidad. Se ha integrado en la propia sociedad.

El periodismo, las tertulias, la sanidad e incluso la propia política se han contagiado de esa inmediatez. Los políticos intervienen en un debate minuto a minuto a través de las redes sociales. Opinan y se desdicen porque antes de hablar no han consultado con sus compañeros, no han contrastado la información y en ocasiones parece que ni siquiera hayan meditado la respuesta. Los periodistas, a su vez, dan vida a estas intervenciones. También a cualquier otra información, contrastada o no.

Recientemente, en el segundo a segundo del seguimiento de una tragedia, los propios periodistas se corregían varias veces al ofrecer la información, pues la contaban tal como la iban recibiendo. Así, incluso uno de los pilares del periodismo, la validación de la información y de sus fuentes, queda infectado por el germen de la inmediatez.

Así se convierte en noticia que una administración, un famoso o un deportista no haya respondido a una pregunta, una solicitud o un comentario que se le hizo la noche anterior. Se llenan páginas enteras de comentarios e incluso horas completas de debates. Sin detenerse a evaluar cada una de las intervenciones. Sin pararse a pensar si constituyen siquiera una noticia.

El germen de la inmediatez se ha hecho ubicuo y de la mano trae la frustración. Frustración que se extiende más allá del ámbito local cuando no nos llega un paquete o cuando el servicio de atención al cliente está cerrado a partir de las ocho de la tarde. Nos frustramos porque los gestores, las administraciones e instituciones no nos ofrecen respuestas inmediatas. Nos frustramos porque las medidas sanitarias para frenar la pandemia en la que estamos inmersos y que aplicaron hace cuatro días todavía no han demostrado ser útiles. Nos frustramos porque esperamos resultados inmediatos y por mucho que apresuremos el ritmo de vida de nuestra sociedad, el mundo en el que vivimos no parece estar dispuesto a ir más rápido.

Fui complice en mi propia frustración – Peter Shaffer

El germen de la inmediatez

¿Dónde queda la filosofía?

La filosofía es un silencioso diálogo del alma consigo misma en torno al ser. – Platón.

La reflexión y el pensamiento requieren cierta quietud. No solo en el entorno, dónde tal vez sea prescindible, si no en uno mismo. La filosofía incita a cuestionar la realidad, la manera en la que se entiende y se percibe el mundo. En planos más mundanos, la reflexión, bien sea existencial, política o en cualquier otro ámbito, necesita de sosiego para evitar ser arrastrada por una pasión pasajera.

Este sosiego parece ser elusivo en la sociedad actual. Las grandes ciudades, con sus servicios y entretenimientos disponibles prácticamente las veinticuatro horas del día, las ya no tan nuevas tecnologías y un ritmo de vida frenético dan poco espacio a la quietud.

Espacios de reflexión tradicionales como los medios de comunicación, la literatura, las artes escénicas o las artes plásticas han sucumbido también, en grados diversos, a la era de la información. Ya no hay tiempo para apaciguar las pasiones. La información debe estar disponible tan pronto como existe. Ya no hay tiempo para el reposo y la lenta construcción del arte porque han aparecido nuevos actores que compiten por nuestra atención. Lo que se nos ofrece debe interesarnos al instante, de otra manera será descartado.

Entonces, si lo que no logra interesarnos en unos pocos segundos queda descartado, ¿dónde queda el espacio para nuevas ideas? ¿Dónde queda el espacio para la reflexión? ¿Para cuestionar nuestras ideas y ampliar nuestro pensamiento?

Escuchar opiniones contrarias a las nuestras, discursos que no nos gustan e ideas nuevas es parte fundamental del pensamiento, de la filosofía, incluso de la formación del yo. Permite cuestionar nuestros puntos de vista de la manera más sana, dándonos la oportunidad de ampliarlos y trabajarlos. De entender de nuevo por qué creemos en lo que creemos y dándonos la oportunidad de corregirlo.

Entre el ritmo frenético de la sociedad actual, el alud de información que nos sepulta a diario y la lucha constante por nuestra atención, cuando uno consigue finalmente detenerse unos instantes, una de las preguntas que le viene a la mente es: ¿Dónde queda la filosofía? O dicho de otra manera más llana: ¿Cuánto tiempo hacía que no me paraba a pensar en lo que pasa a mi alrededor?

¿Dónde queda la filosofía?

Viaje interior

Hay una especie de magia cuando nos vamos lejos y, al volver, hemos cambiado – Kate Douglas Wiggins

Los viajes, igual que la famosa canción de Lluís Llach, Ítaca, tienen cierto componente místico. Parece que iniciar un viaje supone también empezar un camino interior.

Ser consciente del camino interior y personal que supone cualquier viaje, le añade cierta presión. Crea unas expectativas que són díficiles de cumplir. Hace unos años, cuando planificaba el viaje a Asia especulaba conmigo mismo sobre lo que me enseñaría ese viaje. Las primeras semanas, las pasé buscando lecciones allí dónde no las había. Sin embargo, cuando volví, pasado un año, lo hice habiendo realizado también un viaje interior. Un camino, un estado con el que me volvería a encontrar en futuros viajes, algunos cortos y cerca de casa. Otros en la otra punta del mundo.

Por mi experiencia podría llegar a pensar que el viaje interior y exterior van de la mano. No puedo hacerlo. He visto y vivido otros tantos viajes que no han sido más que la visita a un lugar deseado.

Después de pensar en ello durante años tengo que darle la razón a mi compañera de viaje. Cuando uno sale se mueve, visita determinados lugares. Lo que se lleva con él no es tanto lo que aprende si no lo que desaprende.

Los momentos inesperados, no planificados, sin un destino fijo y que incitan a la improvisación son los que nos hacen arrancar ese viaje interior. No por lo qué nos enseñan o porqué nos pongan a prueba. Nos obligan a salir a nuestro propio encuentro porqué borran de un plumazo conocimientos que creiamos tener asentados y nos fuerzan a una conversación con nosotros mismos.

Por desgracia, las nuevas tecnologías añaden una dificultad adicional a hermanar el camino interior con el viaje exterior. Gracias a Internet y las nuevas aplicaciones móbiles resulta muy sencillo planificar un viaje: ver fotos de los lugares que queremos visitar, leer su historia, consultar los transportes que son necesarios para llegar hasta allí e incluso las cuatro palabras básicas para defendernos en el entorno. Toda esta planificación nos permite construir desde casa el imaginario del lugar al que vamos a ir. Convierten el viaje en la verificación de lo que ya hemos aprendido. Eliminan la parte de desaprender.

Me ha llevado años entender que tuvo de especial aquel viaje por Asia a parte de lo obvio. Me ha llevado años identificar por qué era tan importante dejarse llevar. Durante mucho tiempo pensé que estava relacionado con respetar los tiempos, con no ir de una localización a otra sin más. Algo de eso hay, sin duda, pero ahora comprendo que es cuando nos salimos de la planificación, cuando llegamos a aquel lugar del que todavía no habíamos visto fotos o cuando interactuamos con la gente de una manera en la que no habíamos imaginado cuando nuestras creencias, nuestro saber, se tambalea y en ese instante iniciamos también el camino interior.

El viajero ve lo que ve, el turista ve lo que ha venido a ver – G.K. Chesterson

Viaje interior

Reescribir el pasado

Un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla.” Desconocido

En Estados Unidos, el asesinato de un hombre negro a manos de un policía blanco ha levantado ampollas. Durante días, las protestas se han sucedido en las calles. Se han derribado estatuas de generales confederados y de opresores del pueblo negro. En todas partes del mundo se han repetido las protestas y se ha avivado el debate sobre las estatuas. Incluso en Barcelona se ha planteado quitar la estatua de Cristóbal Colón.

No pongo en duda que las estatuas de los generales confederados, las estatuas de Colón u otras muchas estatuas representen a individuos a los que no debe homenajearse. Lo que me gustaría cuestionar es la necesidad de hacer desaparecer estatuas y, en general, de reescribir el pasado.

Parece que como sociedad, nos esforzamos por eliminar todo pasado que no cumpla con los valores sociales actuales. Juzgamos decisiones estéticas y políticas e incluso acontecimientos históricos de hace cientos de años desde el prisma de la sociedad actual. Los juzgamos según el concepto de justicia y de verdad de nuestra época sin darnos cuenta de que ninguno de esos conceptos es eterno. Cambian con el tiempo, evolucionan. Las relaciones personales de la antigua Grecia no son las mismas que la de la España del siglo XXI. El contexto cultural, temporal y social tampoco son los mismos.

Derribar las estatuas entraña, a mi parecer, cierto peligro. Igual que es peligroso reescribir la historia según las convenciones sociales actuales. Cada estatua, cada cuadro, cada libro, película u obra literaria se produjo rodeada de un contexto. Si hoy en día una estatua de Cristóbal Colón preside el puerto de Barcelona es porque en algún momento tuvo la importancia necesaria para acabar donde está.

No quiero decir con esto, que deba reservarse un lugar de honor para aquellas obras que no están de acuerdo con la moral y el sentir social actual. La estatua de un dictador, un conquistador o cualquier otro personaje polémico no tiene por qué presidir un edificio público. Tampoco debe destruirse o reescribirse lo sucedido. La historia está ahí para que aprendamos de ella. Reescribirla, adecuarla al contexto social, económico y cultural actual puede hacernos perder de vista algo muy importante: el momento histórico en el que se creó y las circunstancias y creencias que rodearon su creación. De otra manera corremos el riesgo de olvidar nuestra propia historia. Tal vez no nosotros, pero si las generaciones venideras.

Creo que una obra de arte no debe destruirse, por muy opuesta a nuestros valores que sea. En lugar de eso, tal vez sería mejor retirarla a un lugar en el que pudiese rodearse del contexto adecuado, en el que pudiese explicarse porque esa obra ya no representa los valores de la sociedad actual.

Una obra literaria no debe reescribirse, un cuadro no debe repintarse, una estatua no debe destruirse. Es mejor contextualizarlas y analizarlas desde la perspectiva de la época en la que se crearon. Si es posible, acompañadas con una discusión sobre los valores de la época que las creó. De otra manera, podemos caer en la trampa de olvidar nuestra propia historia y como dijo alguien a quien no sé ponerle nombre, un pueblo que olvida su historia, está condenado a repetirla.

Reescribir el pasado

Lecciones aprendidas

“Si quieres entender a una persona, no escuches sus palabras, observa su comportamiento” – Albert Einstein

Estamos confinados. Llevamos más de cuarenta días sin poder salir de casa más que para cubrir las necesidades básicas. Ha sido tiempo más que suficiente para dedicar algún que otro momento a la introspección. Las redes sociales y los medios de comunicación se han llenado de mensajes e imágenes titulados con alguna variante de “las lecciones aprendidas durante el confinamiento”. Todas contienen mensajes y aprendizajes muy loables. Todas acompañadas de mensajes a favor y en contra de los elementos que enumeran.

Tal vez durante estos días hayamos podido observar más de cerca alguno de esos elementos que aparecen en las listas. La pregunta es: ¿cuándo todo haya pasado, cuándo todo haya quedado lo suficientemente atrás en el tiempo, que habremos aprendido realmente? El aprendizaje no es solo la observación de hechos o su análisis mientras estos suceden. El aprendizaje es lo que perdura cuando su causa ha desaparecido.

Determinadas circunstancias, producen determinados comportamientos. Se ha demostrado en experimentos sociológicos que condiciones externas modifican el comportamiento. Cuando el condicionamiento desaparece, en ocasiones lo hace también el comportamiento inducido. Habrá que ver, que parte de las lecciones aprendidas es realmente un aprendizaje y que parte es tan solo una consecuencia de la condición en que nos encontramos.

En cualquier caso, como decía Einstein, habrá que esperar a ver como se desarrolla la situación para evaluar que elementos de esas listas son verdadero aprendizaje y cuales son mera casuística.

Lecciones aprendidas

¿De qué estamos hablando?

Se está celebrando estos días la COP25, una cumbre para tratar de ponerle freno al cambio climático y los políticos e instituciones aprovechan para lanzar sus promesas, hacer sus discursos y mostrar su enorme preocupación por el medioambiente y el planeta. Mientras tanto, personajes de todo el mundo, afectados por el cambio climático alzan las voces pidiendo soluciones y explicando lo crítico de la situación a todo aquel que quiera escucharlos, que por desgracia no es ninguno de los que puedo adoptar verdaderas soluciones. De fondo, para acabar de escenificar la farsa, algunos países denuncian a otros públicamente, dando un golpe sobre la mesa, por no llegar a acuerdos lo suficientemente rápido.

Y de esta manera, poco a poco se alcanza acuerdos como reducir las emisiones de CO2 en un 50% en tan solo 10 años. Premisa y promesa que no significa absolutamente nada pero que nos hace pensar a los ciudadanos que los políticos hacen algo por el planeta y no solo por ellos mismos. Consuelo que nos permite seguir mirando hacia otro lado sin remordimientos hasta la próxima cumbre del clima. Para reforzar el mensaje ONG y grupos ecologistas aparecerán en los medios diciendo que lo acordado es insuficiente pero que al menos se han logrado algunos compromisos.

Entre el aluvión de noticias y figuras mediáticas la verdadera negociación pasa casi de tapadillo. ¿Cuánto hay que pagarle a los países “subdesarrollados” para que digan que nuestras emisiones son suyas? Porque esa es la verdadera negociación y la principal propuesta que se ha puesto sobre la mesa, lo que se conoce oficialmente como los bonos de emisiones. Es también hacerse trampas al solitario, perpetrar los problemas. ¿Qué pasará cuándo con ese dinero los países del “tercer mundo” se desarrollen a los niveles de los países que toman estas medidas y no se puedan comprar más bonos de emisiones? ¿Cuáles son los medios reales detrás de todas las promesas? Porque da la sensación que nadie está hablando del verdadero problema: la sobreexplotación del planeta en que vivimos, o más concretamente del modelo que nos lleva a ello.

Sin salir de las emisiones, nadie parece estar dispuesto a hablar de los kiwis de Nueva Zelanda, las piñas de Marruecos, los mangos de Perú o que a día de hoy es posible comer melón todos los días del año. Nadie habla de los costes para el medioambiente de traer esas mercancías desde tan lejos. Nadie habla de las compras a China, a Australia o a la otra punta del mundo y del coste en emisiones que tienen asociados porque nadie está dispuesto a hablar de un cambio en la manera que consumimos.

Más allá de las emisiones, nadie parece dispuesto a darse cuenta de que mientras tratamos de frenar las emisiones deforestamos el Amazonas, dejamos que se queme la tundra rusa o construimos instalaciones turísticas en zonas poco accesibles del Pirineo porque ahí hay mucho dinero. Desaparecen entonces los compromisos con el clima, el medioambiente y el mundo. Consumimos y destruimos una cantidad de recursos que el planeta es incapaz de regenerar, pero aún y así queremos seguir yendo al supermercado y comprar salmón de Noruega, de Chile o de Canadá. Nadie parece querer hablar del problema, que supone que unos pocos países agoten sus recursos para alimentar al resto del planeta. ¿Acaso no podríamos sobrevivir con un mercado más local?

No se aleja esta discusión del tema del cambio climático tanto como parece. El consumo de recursos sin medida (forestales, hídricos, etc.) priva al planeta de los mecanismos para mantener un clima estable, mantener el equilibrio en los ecosistemas, evitar las grandes inundaciones, etc.

Otro de los grandes discursos de estos días es el de los vehículos privados. Son un gran foco de contaminación, así que se están tomando medidas para evitar su circulación por determinadas zonas. No es una mala medida, pero mientras se alientan estos comportamientos, también se favorece el cambio de vehículo cada cuatro o seis años, cada dos en el caso del leasing, ignorando los costes que eso significa para el medioambiente. ¿Cuánto cuesta en emisiones, agua, energía o materiales construir un coche? ¿Cuánto cuesta reciclarlo? Las mismas preguntas aplican a todos los bienes de consumo: el móvil cambia cada año o cada dos años, el ordenador cada cinco, incluso con la ropa hemos llegado a un punto en que nadie la remienda porque es más “barato” tirarla y comprar nueva que arreglarla. Mientras nos esforzamos en ganar la carrera al cambio climático y a las bolsas de plástico, ignoramos que todo el modelo de consumo nos lleva a devorar recursos perpetuos que en realidad no son tal cosa.

No es este un discurso comunista, pero debemos aceptar el problema que el modelo actual supone y hablar de él. Ese es el tema que nadie parece querer tocar en la COP. Mientras exista un modelo de crecimiento perpetuo se considerarán los recursos como infinitos y el cambio climático será, de hecho, ya lo es, solo uno de nuestros problemas. Debemos preguntarnos que ha pasado con el agua en Sudáfrica o lo que está a punto de pasar en Delhi.

La crisis climática no es solo una crisis climática, es una crisis de recursos global, mundial, alentada por nuestro modelo de consumo y mientras se siga hablando de los bonos de emisiones y no del modelo de sociedad va a ser imposible encontrar una solución.

¿De qué estamos hablando?

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Clic. La catedral de la ciudad. Clic. La estatua de un general a caballo. Clic. Ese famoso cuadro de un pintor del que no recuerdo el nombre. Clic. Los tablones de madera que pisó por primera vez Da Vinci.

Espera, ¿los tablones de madera que pisó por primera vez Da Vinci? ¿Acaso tiene eso sentido? Tal vez no lo tenga, pero la facilidad que nos dan los móbiles hacen que la pregunta carezca de sentido: una foto es virtualmente gratuita. Es muy probable que cuando la miremos con el paso del tiempo ni siquiera recordemos porque la tomamos. De hecho es probable que ni siquiera volvamos a mirarla nunca. Es algo que viene de la mano del progreso y no tiene porque ser malo. Las fotografías ya no tienen la misma función que antes, igual que ya no la tienen los libros.

Este último mes sin embargo he estado observando algo curioso. Hemos delegado no sólo gran parte de nuestra memoria a las fotografías si no también gran parte de nuestro interés. No es sólo que la fotografía no se trate de algo artístico para muchos, si no que ha pasado a ser un acto mecánico tan importante en si mismo como lo que se fotografía.

Manadas de turistas avanzan por la ciudad, de monumento en monumento. Algunos se paran a mirar lo que les ofrece ese rincón concreto y luego disparan, otros invierten el proceso. A unos pocos tanto les da donde esten realmente. Llegan de la mano de un guía tiran la foto y se van sin haber mirado el lugar, ni con su ojos ni en la pantalla de la cámara.

Entonces el observador curioso se pregunta: ¿podrá apreciar todos los detalles en 1/160 segundos?

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Conectados y aislados

“Quedarse en lo conocido por miedo a lo desconocido, equivale a mantenerse con vida pero no vivir – Desconocido”

Parece raro empezar una reflexión con el título de “Las comunicaciones en redes sociales” con una cita sobre lo conocido y lo desconocido. Pero hay una relación. Internet nos ha traído una época en que las comunicaciones están al alcance de la mano. Es habitual hablar con la gente a través del correo, de las redes sociales o de las aplicaciones de nuestros teléfonos móviles.

De hecho dicen que las redes sociales y las aplicaciones de comunicación móvil nos han facilitado la comunicación enormemente, que han ampliado nuestros horizontes sociales, que nos han llevado a un mundo súper conectado. Estaría ciego si lo negase. La gente usa estas aplicaciones en casa, por la calle, en el trabajo, en los bares. No es raro ver a gente hablando a través de sus dispositivos incluso estando otra gente presente.

Dicen que las nuevas tecnologías han abierto nuevos horizontes, que nos hemos convertido en seres más sociales, más abiertos. En eso discrepo. Las nuevas tecnologías, las redes sociales y las aplicaciones nos han aislado del mundo, de la sociedad. No en el sentido más extremo por supuesto, pero si en cierta manera.

Las redes sociales se adaptan a lo que vemos para ofrecernos información relacionada. Los buscadores adaptan sus respuestas según las que hemos cogido en el pasado. Nuestro historial de conversaciones en cualquier aplicación va dejando cada vez más abajo aquella persona a la que apenas escribimos. Nos está permitido bloquear a gente, incluso borrarla de nuestras vidas en la red. Por supuesto también podemos hacer esto en nuestra vida real, nada nos lo impide. Aún y así esta inteligencia artificial, este mundo creado a partir de nuestras preferencias, crea una burbuja que nos situá en nuestra zona de confort. Vemos cosas que sabemos que nos gustarán, oímos cosas que sabemos que nos gustarán y hablamos con gente con la que ya tenemos confianza. Si una situación nos sobrepasa, podemos sumergirnos en nuestro pequeño mundo de confort. Ese que llevamos en el bolsillo. Si una relación concreta nos asusta podemos lidiar con ella a través de una pantalla. No es malo, pero hay detalles que hablan sin palabras: los silencios, los gestos, las miradas, la postura.

Vivimos en un mundo cada vez más conectado, cada vez más social y que cada vez nos muestra más sólo aquello que queremos, que nos aísla cada vez más en una burbuja donde todas las cosas resultan más o menos confortables. Si nunca salimos por miedo a lo que haya fuera, es como mantenernos con vida pero no vivir.

Conectados y aislados

Sobre la generosidad

“El hombre es a veces más generoso cuando tiene poco dinero que cuando tiene mucho, quizá por temor a descubrir su escasa fortuna – Benjamin Franklin”

Creo apropiado empezar con esta cita de Benjamin Franklin porque nos viene a decir que aquel que ayuda a los demás, entendiendo la generosidad más allá del dinero, tiene mayor fortuna que el que no lo hace. Quizás debido a unos valores, quizás porque la gratitud siempre vuelve de una u otra forma. Aún en forma de gratitud hacia uno mismo. Sin embargo, pensando en la generosidad aparece una curiosa pregunta. ¿Es generoso el rico que dona un millón de dólares? ¿Es generoso el poderoso que crea una institución para cuidar de los desfavorecidos?

Estando en Myanmar (antigua Birmania), participé en el Alms Round, la colecta que realizan los monjes budistas para pedir comida y otros bienes. Estaba en un centro de meditación que cuidaba a más de 2000 personas mayores, sin hogar o con diversas enfermedades y que subsistía únicamente de la generosidad de la gente. ¿Es menos generoso el que da una manzana porque no tiene más que el que da tres sacos de arroz, teniendo 100 en casa?

Según la RAE, una de las acepciones de generosidad es: “Valor y esfuerzo en las empresas arduas”. Es aquí donde realmente quería llegar. ¿Es generosidad la donación de un millón de dolares de parte del que tiene tantos millones que es incapaz de contarlos? Seguramente podemos decir que la donación es por una buena causa. Pero, el que tiene en sus manos hacer mucho más y no lo hace, ¿está siendo generoso? O simplemente lo es aquel que en un momento dado ofrece todo lo que tiene a otro sin esperar nada a cambio.

Si definimos la generosidad en estos términos, parece imposible la generosidad continua y mucho más definir a un individuo como generoso. Sin embargo, desprendernos de aquello que no nos es útil, dejar caer las migas para aquellos que las necesitan, tampoco creo que pueda entenderse como generosidad. Y no quiero con ello menospreciar estos actos, que no dejan de ser bondadosos. ¿Es adecuado irse a tales extremos para tratar de entender la generosidad?

Sobre la generosidad

El espejo de los libros

Hoy no empezaré con una cita porque soy incapaz de encontrar una adecuada. Hace unos días fue el día del libro y en Cataluña es una ocasión magnifica para salir a la calle y pasear entre tenderetes llenos de libros. Es posible encontrar las últimas novedades y los libros más vendidos del año.

Creo que los libros son un reflejo perfecto de la sociedad que los escribe. Si así fuese, pasear entre los tenderetes del día del libro sería algo así como mirar a los ojos a la sociedad en la que vivimos.

Este año los tenderetes estaban repletos de libros de auto-ayuda, de libros “sólo” para mujeres y de otros libros. Lo de los libros sólo para mujeres evidencia, al menos, la voluntad de cambiar la sociedad hacia un estatus más justo entre hombres y mujeres. Aunque el que los libros sobre mujeres sean vendidos como sólo para mujeres me hace dudar de que se esté enfocando correctamente el asunto. No creo que se deba mostrar a las mujeres un mundo utópico sólo para ellas y por el que solo ellas deban luchar. Los libros sobre mujeres deben ser también para hombres. Para educar en que también ha habido mujeres importantes en la historia, para mostrar que un mundo con una mayor igualdad es posible. Tanto hombres y mujeres deberían remar en la misma dirección. Limitando la lectura de ciertos libros al público femenino, no creo que se fomente este trabajo conjunto.

Aun a riesgo de parecer que cambie de tercio, quiero decir que desde que he vuelto de viaje he tenido una extraña sensación de desazón, decepción y hasta enfado al participar en algunas conversaciones. ¿Será porque el viaje ha cambiado algo dentro de mi? Independientemente del motivo, no deja de sorprenderme verme en conversaciones en las que se habla de la sociedad del bienestar en la que vivimos. Por supuesto tenemos mucha suerte de tener lo que tenemos. Nunca se concreta que es lo que tenemos, sin embargo debe ser de dominio público. Estas afirmaciones son más propensas a salir cuando se menciona un país africano o asiático. No quiero entrar en la discusión sobre las sociedades de estos países, ni en la comparación con el nuestro o con otras sociedades como la estadounidense.

Lo que si que encuentro extraño, es esa idea sostenida por todos, como si de un dogma se tratase, de que vivimos en la sociedad del bienestar. No porque no se viva bien, si no porque las quejas en todo tipo de conversaciones están también a la orden del día. Porque la pobreza sigue siendo bien visible en calles como las de Barcelona. Porque la corrupción en este país no parece ser distinta a la de otros países “tercermundistas” donde todos en el gobierno son corruptos. Porque no nos hemos dado cuenta, pero a día de hoy sale casi tan barato fabricar en España como en China. Porque manifestarse frente al parlamento conlleva multas. Porque criticar a la figura del rey libremente conlleva penas incluso de cárcel. Por muchos otros motivos que soy incapaz, incluso de ver, tengo esa sensación de ilusión del estado de bienestar que todos nos esforzamos por mantener. Si hace falta repitiéndolo muchas veces.

Volviendo al tema de los libros, la gran cantidad de libros de auto-ayuda evidencian un problema en nuestra sociedad. A juzgar por los títulos, hemos perdido la capacidad de reír, de ser felices, de saber lo que queremos, de llevar una vida tranquila o incluso de encontrar tiempo para divertirnos. Muchos libros de auto-ayuda se enfocan en estas temáticas, y eso no es malo, pero creo que evidencia grandes carencias en esta sociedad que autodenominamos la del bienestar.

Me gustaría cerrar este artículo con la reflexión sobre otro tipo de libros, los de ciencia ficción, que creo que aportan una visión igualmente importante de nuestro estado del bienestar. Hace unos años, los libros de ciencia ficción, con algunas excepciones, presentaban mundos en los que los avances tecnológicos permitían una vida mucho mejor. Un sinfín de posibilidades se abrían ante nosotros. Desde las extrañas impresores 3D definidas por Neal Stephenson en la era del Diamante, hasta los curiosos inventos de la guía del autoestopista galáctico como el babel fish. Star Trek, más conocida, nos prometía viajes espaciales y asombrosa tecnología (como puertas que se abrían solas).

Con mucha de la tecnología que se presenta en los libros de ciencia ficción de hace unos años al alcance de nuestras manos, la ciencia ficción parece haberse movido. Las distopías están a la orden del día. Futuros apocalípticos en los que una empresa ha arrasado el mundo, en el que las guerras por el agua o las enfermedades han dejado un planeta prácticamente inhabitable. Me gustan las distopías, pero este tipo de novelas, este giro para encumbrarlas, refleja, en mi opinión, una fe más bien escasa en un futuro mejor. Y esto forma parte también de la sociedad del bienestar.

El espejo de los libros