Sobre la generosidad

“El hombre es a veces más generoso cuando tiene poco dinero que cuando tiene mucho, quizá por temor a descubrir su escasa fortuna – Benjamin Franklin”

Creo apropiado empezar con esta cita de Benjamin Franklin porque nos viene a decir que aquel que ayuda a los demás, entendiendo la generosidad más allá del dinero, tiene mayor fortuna que el que no lo hace. Quizás debido a unos valores, quizás porque la gratitud siempre vuelve de una u otra forma. Aún en forma de gratitud hacia uno mismo. Sin embargo, pensando en la generosidad aparece una curiosa pregunta. ¿Es generoso el rico que dona un millón de dólares? ¿Es generoso el poderoso que crea una institución para cuidar de los desfavorecidos?

Estando en Myanmar (antigua Birmania), participé en el Alms Round, la colecta que realizan los monjes budistas para pedir comida y otros bienes. Estaba en un centro de meditación que cuidaba a más de 2000 personas mayores, sin hogar o con diversas enfermedades y que subsistía únicamente de la generosidad de la gente. ¿Es menos generoso el que da una manzana porque no tiene más que el que da tres sacos de arroz, teniendo 100 en casa?

Según la RAE, una de las acepciones de generosidad es: “Valor y esfuerzo en las empresas arduas”. Es aquí donde realmente quería llegar. ¿Es generosidad la donación de un millón de dolares de parte del que tiene tantos millones que es incapaz de contarlos? Seguramente podemos decir que la donación es por una buena causa. Pero, el que tiene en sus manos hacer mucho más y no lo hace, ¿está siendo generoso? O simplemente lo es aquel que en un momento dado ofrece todo lo que tiene a otro sin esperar nada a cambio.

Si definimos la generosidad en estos términos, parece imposible la generosidad continua y mucho más definir a un individuo como generoso. Sin embargo, desprendernos de aquello que no nos es útil, dejar caer las migas para aquellos que las necesitan, tampoco creo que pueda entenderse como generosidad. Y no quiero con ello menospreciar estos actos, que no dejan de ser bondadosos. ¿Es adecuado irse a tales extremos para tratar de entender la generosidad?

Sobre la generosidad

El espejo de los libros

Hoy no empezaré con una cita porque soy incapaz de encontrar una adecuada. Hace unos días fue el día del libro y en Cataluña es una ocasión magnifica para salir a la calle y pasear entre tenderetes llenos de libros. Es posible encontrar las últimas novedades y los libros más vendidos del año.

Creo que los libros son un reflejo perfecto de la sociedad que los escribe. Si así fuese, pasear entre los tenderetes del día del libro sería algo así como mirar a los ojos a la sociedad en la que vivimos.

Este año los tenderetes estaban repletos de libros de auto-ayuda, de libros “sólo” para mujeres y de otros libros. Lo de los libros sólo para mujeres evidencia, al menos, la voluntad de cambiar la sociedad hacia un estatus más justo entre hombres y mujeres. Aunque el que los libros sobre mujeres sean vendidos como sólo para mujeres me hace dudar de que se esté enfocando correctamente el asunto. No creo que se deba mostrar a las mujeres un mundo utópico sólo para ellas y por el que solo ellas deban luchar. Los libros sobre mujeres deben ser también para hombres. Para educar en que también ha habido mujeres importantes en la historia, para mostrar que un mundo con una mayor igualdad es posible. Tanto hombres y mujeres deberían remar en la misma dirección. Limitando la lectura de ciertos libros al público femenino, no creo que se fomente este trabajo conjunto.

Aun a riesgo de parecer que cambie de tercio, quiero decir que desde que he vuelto de viaje he tenido una extraña sensación de desazón, decepción y hasta enfado al participar en algunas conversaciones. ¿Será porque el viaje ha cambiado algo dentro de mi? Independientemente del motivo, no deja de sorprenderme verme en conversaciones en las que se habla de la sociedad del bienestar en la que vivimos. Por supuesto tenemos mucha suerte de tener lo que tenemos. Nunca se concreta que es lo que tenemos, sin embargo debe ser de dominio público. Estas afirmaciones son más propensas a salir cuando se menciona un país africano o asiático. No quiero entrar en la discusión sobre las sociedades de estos países, ni en la comparación con el nuestro o con otras sociedades como la estadounidense.

Lo que si que encuentro extraño, es esa idea sostenida por todos, como si de un dogma se tratase, de que vivimos en la sociedad del bienestar. No porque no se viva bien, si no porque las quejas en todo tipo de conversaciones están también a la orden del día. Porque la pobreza sigue siendo bien visible en calles como las de Barcelona. Porque la corrupción en este país no parece ser distinta a la de otros países “tercermundistas” donde todos en el gobierno son corruptos. Porque no nos hemos dado cuenta, pero a día de hoy sale casi tan barato fabricar en España como en China. Porque manifestarse frente al parlamento conlleva multas. Porque criticar a la figura del rey libremente conlleva penas incluso de cárcel. Por muchos otros motivos que soy incapaz, incluso de ver, tengo esa sensación de ilusión del estado de bienestar que todos nos esforzamos por mantener. Si hace falta repitiéndolo muchas veces.

Volviendo al tema de los libros, la gran cantidad de libros de auto-ayuda evidencian un problema en nuestra sociedad. A juzgar por los títulos, hemos perdido la capacidad de reír, de ser felices, de saber lo que queremos, de llevar una vida tranquila o incluso de encontrar tiempo para divertirnos. Muchos libros de auto-ayuda se enfocan en estas temáticas, y eso no es malo, pero creo que evidencia grandes carencias en esta sociedad que autodenominamos la del bienestar.

Me gustaría cerrar este artículo con la reflexión sobre otro tipo de libros, los de ciencia ficción, que creo que aportan una visión igualmente importante de nuestro estado del bienestar. Hace unos años, los libros de ciencia ficción, con algunas excepciones, presentaban mundos en los que los avances tecnológicos permitían una vida mucho mejor. Un sinfín de posibilidades se abrían ante nosotros. Desde las extrañas impresores 3D definidas por Neal Stephenson en la era del Diamante, hasta los curiosos inventos de la guía del autoestopista galáctico como el babel fish. Star Trek, más conocida, nos prometía viajes espaciales y asombrosa tecnología (como puertas que se abrían solas).

Con mucha de la tecnología que se presenta en los libros de ciencia ficción de hace unos años al alcance de nuestras manos, la ciencia ficción parece haberse movido. Las distopías están a la orden del día. Futuros apocalípticos en los que una empresa ha arrasado el mundo, en el que las guerras por el agua o las enfermedades han dejado un planeta prácticamente inhabitable. Me gustan las distopías, pero este tipo de novelas, este giro para encumbrarlas, refleja, en mi opinión, una fe más bien escasa en un futuro mejor. Y esto forma parte también de la sociedad del bienestar.

El espejo de los libros

Persiguiendo la felicidad

“Quizás porque ya no veo la felicidad como algo inalcanzable, ahora sé que la felicidad puede ocurrir en cualquier momento y que no se debe perseguir – Jorge Luis Borges”

Mucha gente se pasa la vida buscando la felicidad. Como un objetivo, como algo que está por venir. En el ajetreado mundo en el que vivimos pocas veces nos paramos en nuestro día a día para preguntarnos “Hoy, ahora, en este instante, ¿soy feliz?”

Nos pasamos la vida tratando de alcanzar la felicidad y eso en si mismo lo convierte en un persecución fútil. La felicidad es un estado efímero, tanto que no puede pensarse en futuro. El pensar en un estado de felicidad futuro nos crea angustias y problemas en el presente. Pensar en una felicidad futura es abandonar la consecución de una felicidad presente. Bien sea porque el buscarla en el futuro se deba a que no la tenemos en el presente o bien porque no nos dedicamos el tiempo a preguntarnos como nos sentimos ahora.

Normalmente la consecución de un objetivo nos produce felicidad, pero está no suele ser el objetivo en si mismo, si no un curioso y agradable efecto colateral. Supongamos que nos ponemos por meta ser infelices. Pongamos que lo consiguiésemos. ¿Si nuestro objetivo en la vida fuese ser infelices que sucedería si lo consiguiésemos? ¿Viviríamos ese momento de epifanía feliz por haber conseguido uno de los grandes objetivos de nuestra vida? ¿No quedaría nuestro objetivo rasgado en ese mismo momento?

Si por el contrario nuestro único objetivo en la vida es la felicidad, ¿no quedaríamos vacíos, sin nada más que esperar de la vida, en cuanto encontrásemos, aunque fuese solo por unos segundos, la felicidad?

La felicidad es algo efímero, presente y en el ínterin lo sabemos todos. De ahí las expresiones carpe diem, el zen u otras disciplinas similiares. No creo que debamos ni podamos perseguir la felicidad, pero si que de vez en cuando es necesario parar el mundo, nuestro mundo, y preguntarnos si somos felices.

Me gustaría cerrar el post con otra cita que considero una conclusión más que adecuada para esta reflexión:

“No vivimos nunca si no que esperamos vivir; y disponiendonos siempre a ser felices, es inevitable que no lo seamos nunca- Blaise Pascal”

Persiguiendo la felicidad

Vuelta a casa

“El aburrimiento es el que ha inventado los juegos, las distracciones, las novelas y el amor. – Miguel de Unamuno”

Estoy de vuelta en casa. He viajado durante un año y dos meses, un poco más. Hace 8 días que volví y no he tenido tiempo para nada, aunque he tenido tiempo para mucho. Al salir de viaje he podido ver muchísimas cosas, bonitas o no. Quizás una de las más importantes cosas que he podido ver ha sido la sociedad en la que vivía, desde fuera, sin prisas.

Parece que tendría que haber aprendido de ello, de una observación externa y tranquila y sin embargo, he vuelto a casa y en pocos días me he visto arrastrado por el ritmo de vida que veía desde fuera y al que me prometía no volver.

Vivimos en una sociedad donde el silencio está siendo desterrado. El aburrimiento apenas tiene lugar. Tenemos infinidad de estímulos, de opciones, de entretenimientos. Las nuevas tecnologías contribuyen a ello: infinidad de opciones, de distracciones y de estímulos en la palma de nuestra mano sin levantarnos del sofá.

Hoy en día parece que no tenemos tiempo para aburrirnos. Lejos de ver esto como algo positivo me preocupa. Hace 8 días que llegue a casa y todavía no he tenido tiempo de pensar en todo lo que ha pasado. No he tenido tiempo de pensar en que me parece el haber vuelto a casa. Sin embargo todos parecen esperar respuestas a esa pregunta. ¿Que me parece el haber vuelto a casa? No lo sé. No he podido pensar en ello, todo ha sucedido, está sucediendo, muy rápido.

Nunca me aburrí viajando, pero fui capaz de encontrar esos momentos de paz en los que reflexionar. Esos momentos en lo que te encuentras a solas con tus pensamientos y puedes decidir que te parece todo aquello que has vivido. Esos momentos en los que realmente aprendes algo, extraes conocimiento de la experiencia.

Ni que decir, que desde que compré el teléfono en la última visita a Tailandia esos momentos se han reducido. El teléfono ofrece multitud de entretenimientos al alcance de la mano. Hasta puedes decidir cual prefieres en cada momento.

Necesito encontrar ese momento en el que mi cabeza pueda decidir que le ha parecido realmente todo lo que ha vivido. Encontrar esos momentos en los que, igual que hacia en el viaje, me pueda parar a hablar conmigo mismo.

¿Estamos perdiendo en nuestra sociedad la capacidad de aburrirnos? ¿Estamos perdiendo con ello la capacidad de reflexionar, de crear?

 

 

Vuelta a casa

Un buen sistema económico

“Bajo el capitalismo el hombre explota al hombre. Bajo el comunismo es justo al reves. – John Kenneth”

Ya he pasado por varios países comunistas o que vivieron una época comunista y por muchos más que viven inmersos en el capitalismo. Las diferencias para los que menos tienen son, sorpresa, inexistentes. El campesino laosiano sufre las mismas penalidades que el campesino tailandés o incluso coreano.

Sin embargo parece que en el mundo actual hemos llegado a encontrar un enemigo común, un enemigo que en palabras de la ONU justifica que: “por primera vez se crea un ejercito para luchar por la libertad y la democracia”. La frase se refiere a la guerra de Corea, aunque claro, a Corea todavía le faltaban por vivir dos dictaduras, de ideologia capitalista, de las que nadie les salvo.

Igualmente sorprendente es oír a los vietnamitas hablar de los países libres refiriéndose a los países capitalistas cuando ellos tienen también un sistema parecido al democrático. Tampoco queda claro si un sistema parlamentario sin mecanismos de control en manos del pueblo se ajusta a la definición clásica de democracia.

Al final parece que de alguna manera hemos sido capaces de asociar la palabra capitalismo a la palabra libertad. Mientras que se ha asociado la ideologia comunista al mal y esta asociación continua día tras día. Claro que cuando toca rescatar empresas en quiebra parece que las ideas del comunismo o del socialismo no parecen tan malas como cuando se trata de atacar a un enemigo político.

La fuerza de las palabras y de la publicidad parece habernos convencido de que el comunismo es el mal y el capitalismo es la libertad. Palabras que entre ellas deberían tener poco que ver. Quizás ha sido la historia la que ha juntado los significados, quizás no.

No se si esta publicidad en contra de ciertas ideologias, que ha conseguido penetrar en el subconsciente de muchos, es algo que los gobiernos han promovido de forma consciente o si incluso es algo que ha superado a los gobiernos.

 

Podemos acabar recordando que sin cuidado
La guerra es la paz
La libertad es la esclavitud
La ignorancia es la fuerza
Como nos advertía Orwell en 1984

Un buen sistema económico

Los límites del mundo

Los límites de mi lenguaje són los límites de mi mundo – Ludwig Wittgenstein”

Muchas veces me he preguntado si es el lenguaje la cárcel de nuestros pensamientos. Parece claro, que el lenguaje no precede al pensamiento, o al menos a mi me lo parece. Al nacer, antes de hablar deseamos, queremos, sentimos, reímos o lloramos; claro que podría tratarse de meros impulsos o de un lenguaje primitivo. En cualquier caso, lo que parece claro es que el lenguaje termina modelando nuestra forma de pensar.

No se si una persona que define con el adjetivo “brutal” algo que es hermoso, bueno, interesante, trepidante o cualquier otra cosa es capaz de distinguir entre esos distintos significados o está perdiendo matices no sólo en el lenguaje si no también en su propia percepción.

Resulta curioso darse cuenta que en países como Indonesia el lenguaje no tiene tiempos verbales. Esta lengua, de la que aprendimos algo más que de las demás, no tiene una gramática pensada para hablar del futuro o de un pasado lejano. Lo curioso no es esta gramática, si no como la mayoría de los Indonesios viven al día. Muchos no son capaces de imaginar un futuro a medio o largo plazo y muchos de los extranjeros con los que hablamos en el país nos comentaban esta dificultad como una de las cosas más chocantes que habían encontrado. ¿Fue el lenguaje el que modeló esta manera de pensar o evolucionó este para moldearse a como piensan?

Algo similar sucede en China, la veneración a los mayores o los ancestros queda patente en la mayoría de palabras del lenguaje. Es difícil saber si esta mentalidad, introducida mayormente por Confucio, modifico el lenguaje o si este desenvocó en las enseñanzas del humanista y filósofo.

Probablemente pase lo mismo con todas las lenguas y con todos los lenguajes del mundo: ¿Es la física algo que existe en el exterior y que crea un lenguaje (matemático) o hemos modelado las ecuaciones para que se adapten al mundo exterior?

Quizás no sea una ni la otra, quizás la correlación entre ambos es tan grande que se modifican, se limitan, mutuamente: pensamiento y lenguaje. Pero, ¿dado un lenguaje como el español, aquel que lo usa de forma incompleta, tiene un pensamiento más sesgado que alguien que conoce la lengua en su totalidad? ¿Queda el mundo de uno limitado al lenguaje que conoce?

Los límites del mundo

Ayudar a los demás, ayudar a los pobres

El que tiene miedo a la pobreza no es digno de ser rico – Voltaire”

Una persona con ciertos principios anda por la calle, es una persona con un trabajo, una familia, cada año compra las postales de la cruz roja, tiene un niño apadrinado en África y colabora en todas las recogidas de alimentos de su ciudad. Es un buen vecino o una buena vecina e incluso dona sangre porque su salud se lo permite, cree que es útil y encima le dan un bocadillo cuando va a donar sangre. La persona que hoy anda por la calle es una buena persona pero hoy casualmente hoy, un hombre que duerme sobre unos cartones le ha pedido dinero. Podría dárselo, pero no lo hace, tampoco le mira. Por supuesto le ha visto, pero es mejor hacer ver que no, así el no darle se hace más llevadero. Ese hombre o mujer que pide, mañana será otra u otro, no dejará en su memoria la más mínima impresión.

No te acerques a él. Seguro que quiere el dinero para drogas. Cuidado que no te robe y otras son frases que han calado en nuestra mente desde pequeños. La sociedad nos enseña desde pequeños a temer a los pobres, a no mirarlos, a convertirlos en una parte más del paisaje de nuestras ciudades. ¿Por qué? Nada me gustaría más que poder responder a esa respuesta por convicción. Podría poder ser por seguridad, podría ser por vergüenza, por una mezcla de ambas o por cualquier otra cosa, no lo sé.

Lo que a día de hoy todavía me resulta curioso es que seguimos más asustados por lo que nos pueda robar un hombre vestido con andrajos que un hombre vestido con traje, y hombres vestidos con traje nos han robado muchas veces. Así que supongo que aunque haya una parte de miedo debe haber algo más, pero ¿qué?

Igual vemos en la gente lo que nos podría llegar a pasar a nosotros, igual no queremos que nuestros hijos vean la miseria del mundo, o no queremos que tomen ejemplo. Igual que la historia de Bhuda, ese príncipe indio al que su padre quería evitar cualquier miseria y por tanto le impidió conocer la muerte, la enfermedad y la pobreza mientras pudo hacerlo.

Parece tan fácil colaborar con una organización, desde casa, desde el teléfono o desde una página web. Parece y es tan fácil ser un buen samaritano cuando no hay que mirar a la pobreza a la cara. Pero que pasa cuando eso sucede. Muchos bajamos la vista, nos hacemos los ciegos. ¿Quién nos ha educado para ello? ¿Es esto solo un reflejo de como afronta el ser humano los problemas?

No tengo vergüenza, pero cuando he pensado en ello si que he sentido vergüenza, no por el que pide, por mi mismo. Pero siempre existe una justificación, y es que dar es tan difícil.

¿Es realmente bueno dar zapatos gratis a los pobres? ¿Regalar el excedente de recursos de un país a otro más “necesitado”? No lo creo, dar no siempre es ayudar. Pero, ¿quién nos enseña cuando se debe dar? ¿Quién será quien nos enseñe a mirar a la pobreza a la cara y enfrentarla?

Ayudar a los demás, ayudar a los pobres