Distopía

«Ver lo que está delante de nuestros ojos requiere un esfuerzo constante» – George Orwell

Soy informático y eso me ha llevado a tener muchas conversaciones con amigos y familiares acerca de ordenadores, cookies, privacidad en Internet e inteligencias artificiales. Todos, de una u otra manera, hemos ido aceptando ceder nuestros datos a cambio de la comodidad de utilizar servicios y aplicaciones. Es difícil negarse a ello y las reticencias iniciales que una persona pueda tener quedan diluidas en el constante esfuerzo que requiere mantener a webs, aplicaciones y empresas lejos de tus datos personales.


Hemos normalizado situaciones como ir a comprar y que nos digan: «Listo, dame tu número de teléfono y te doy el tique.» En esta situación, me pedían el número de teléfono para hacerme socio de la tienda en cuestión. No hubo preguntas sobre si quería hacerme socio, ni ningún tipo de información. Más bien parecía un requisito para conseguir el tique de compra. Curiosamente, ninguna de las tres personas que tenía delante se opuso a dar su número de teléfono. Tampoco la trabajadora parecía haberse planteado lo adecuado de pedir el teléfono de esta manera.

No es que no debamos dar el número de teléfono, es que poco a poco hemos perdido esa capacidad crítica, hemos perdido las ganas o la capacidad para lidiar con este acoso constante sobre nuestra información personal. Nos enfrentamos cada día a decenas de peticiones para aceptar cookies o políticas de privacidad. Leerlas, negarlas o configurarlas todas supone un esfuerzo titánico que las menos pueden o quieren asumir. Y así, poco a poco, hemos llegado a una distopía que pocos autores han imaginado.

Las distopías son mundos apocalípticos, mundos donde el gobierno ha destruido las libertades individuales a base de drogas, censura, un ejército u otro mecanismo. Las distopías son mundos donde el planeta ha sido destruido, donde las mujeres fértiles son convertidas en esclavas, donde el agua no es apta para el consumo humano o donde las guerras nucleares han devastado la Tierra. Pocas distopías dibujan un mundo como lo que nosotros mal llamamos el primer mundo.

Tengan la forma que tengan, todas las distopías se caracterizan por la alienación de los individuos, de la sociedad en su conjunto, por la deshumanización de los personajes o por la destrucción del mundo en el que viven. Identificar una distopía en un libro o una película es sencillo y, sin embargo, vivimos sumidos en una gran distopía de la que parecemos no ser conscientes: el capitalismo.

El capitalismo se ha convertido en una de las mayores distopías. En los recientes incendios que ha habido en España (hablo de 2025, aunque es probable que esto aplique a cualquier momento en que leas esto) las compañías de transporte subieron precios aprovechando la necesidad de la gente de transporte y la imposibilidad de acceder a aviones o trenes. Compañías como Delta proponen precios personalizados según las necesidades del cliente. A más necesidad, mayores precios. Empresas como Uber o Cabify usan datos del propio teléfono para subir los precios a aquellos usuarios que tienen poca batería o a aquellos que vuelven a casa. Empresas con grandes beneficios aprovechan situaciones de dependencia para generar mayores beneficios. No es algo nuevo, pero el saberlo no suaviza el golpe al leer estas noticias: el capitalismo vive de aprovechar la necesidad, de lucrarse de ella.

Internet, la cesión de datos y las inteligencias artificiales han sido los detonantes del golpe final de esta distopía. La posibilidad de explotar las debilidades no de determinados colectivos, sino de individuos concretos. La posibilidad de exprimir a cada persona hasta las últimas consecuencias. Pero no solo eso, la época del Big Data y la inteligencia artificial han abierto la puerta a la educación o el adoctrinamiento de los individuos a través de la subcultura. Algo que tradicionalmente había sido el campo de juego de las minorías y disidentes se ha convertido ahora en el juguete de los grandes actores de esta distopía.

Lo realmente terrorífico no es que el sistema haya conseguido la alienación de las personas o de la sociedad, es que ha logrado convencernos, a una mayoría al menos, de que no hay alternativas mejores. No niega la posibilidad, niega que las posibilidades existentes supongan alguna mejora. Domina las instituciones y, más importante aún, domina la cultura. Internet está lleno de contenidos que, desde la supuesta broma e inocencia, mandan mensajes en contra de minorías, en contra de teorías económicas, en contra de las redes de apoyo y a favor de la individualidad. Mensajes codificados de manera que parezca que los que tienen acceso a ellos pertenecen a un pequeño grupo privilegiado, dándoles además del mensaje deseado la creencia de que pertenecen a una élite.

Internet ha logrado desplazar el discurso hacia el propio centro de la distopía, hundiéndonos cada vez más en ella. El supuesto mecanismo democratizador se ha convertido en el campo de juego de los grandes defensores del capital. La cultura disidente queda enterrada entre montones de contenido basura. Las amenazas anónimas y constantes castigan a aquellos que alzan la voz, mientras se permiten algunas voces aparentemente a contracorriente, pero que no cuestionan realmente el núcleo del sistema, solo aquellas aristas que no hay problema en pulir.

Así, poco a poco, las alternativas que podrían sacarnos de esta distopía o aliviar su presión, como son las redes de cuidados —ya sean vecinales, de amistades, familiares o de cualquier otro tipo—, se van deshilachando bajo los lemas de la meritocracia, la marca personal, los mensajes de odio y los enfrentamientos individuales por «privilegios» o la promesa de privilegios futuros. La cultura, motor del cambio y semillero de ideas, queda en manos de unos pocos, y el gran medio democratizador que debía ser Internet está muy lejos de aquella idea utópica de hace unos años y cada vez es más difícil encontrar rincones que no estén controlados por los grandes medios o promotores del capital.

Incluso el gran modelo defendido por el capitalismo, la propiedad privada como opuesto a los campos o herramientas comunales del comunismo, su gran enemigo, ha quedado diluido en los modelos de pago por uso. Ya no poseemos películas: alquilamos servicios de streaming que modifican mensualmente su catálogo. Lo mismo sucede con la música o incluso con los editores de texto como Word y su modelo 365 de pago por uso. Así, el vídeo como servicio, el entretenimiento como servicio, las herramientas como servicio o tantos otros bienes ofrecidos como servicio nos acercan más a las grandes empresas, haciendo aún más difícil el control sobre nuestros datos y la toma de decisiones sobre qué usamos y la manera en que lo usamos.

De la misma manera, el auge de las inteligencias artificiales percibido como un ente pensante ha hecho que mucha gente confíe sus búsquedas de información, sus búsquedas de ayuda, de terapia, consejos legales, de inversiones y muchos otros campos en chats conversacionales u otros tipos de inteligencias artificiales sin ser consciente de cómo funcionan realmente estas herramientas, sin plantearse tampoco los posibles sesgos de estas aplicaciones que, a fin de cuentas, están creadas y controladas por empresas que tienen también sus propios intereses. Cuando la idea de que las máquinas no se equivocan ha permeado en toda la sociedad, la confianza en herramientas digitales como las IA para ciertas tareas profundiza en la destrucción de las redes de cuidado y en la introducción de sesgos de los que tal vez no seamos conscientes.


Como decía George Orwell en la frase que abre el texto, hay realidades que son difíciles de ver, aun cuando están delante de nuestros ojos. Eso sucede actualmente. Es difícil ser consciente de cada vez que cedemos nuestros datos, es agotador pensar constantemente en qué uso harán de ellos o quién hay detrás de esta idea o de este mensaje en redes. Es desquiciante tratar de adivinar si los mensajes tienen un sentido oculto o algún sesgo del que no nos demos cuenta. Nadie quiere, en un mundo de estrés, presiones, trabajo, desgracias naturales y preocupaciones diarias, tener que complicarse la vida pensando en qué productos son responsables, cuáles coherentes o qué servicios nos hunden más en esta distopía. Hay alternativas, las redes de cuidados siguen funcionando y hay mucha gente poniendo medios para crear cooperativas de consumo, bibliotecas de objetos, grupos de apoyo, etc., así que una salida todavía parece posible aunque sea difícil de ver sumido en la vorágime del día a día.

Distopía

El túnel benasque-Luchon

La tierra ofrece lo suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no la codicia de algunos. – Mahadma Ghandi

Hay un lugar en España dónde las leyendas cobran más sentido que en ningún otro lugar. Un rincón dónde dos imponentes macizos se juntan cerrando un valle. Según se avanza por la carretera, la Glera, el Salbaguardia, el Portillon o la tuca de Mulleres allá lejos, protegen el flanco izquierdo. A la derecha, el Aneto es el representante de los grandes picos que protegen el valle. Al echar a andar hacia la cima, cualquiera de ellas, el verde se convierte en gris, el césped en piedra y las grandes faldas se engalanan con cascadas y el vuelo de los buitres. Para las personas que consiguen apartar la vista de tan imponentes moles, marmotas, martas e ibones son una habitual recompensa. A veces, si has madrugado lo suficiente, puedes tener la fortuna de cruzarte con un rebeco.

En un paisaje semejante, cualquier persona se siente afortunada y probablemente sea eso lo que ha llevado al auge turístico del valle de Benasque. Con el turismo ha llegado la necesidad de proteger esos lugares, de limitar el acceso de coches a determinados lugares, a los que se accede solo en autobús durante los meses de más afluencia de gente. Un esfuerzo titánico contra la destrucción de uno de los parajes más bellos de nuestro país, que es también una lucha feroz contra el cambio climático que amenaza el mundo.

Y, sin embargo, pese a la conciencia del paraje que tienen, pese a la suerte de poder disfrutar de semejante paisaje y la ayuda que supone un parque natural como el de Posets-Maladeta al cambio climático, hay quien, ya desde hace años, propone la creación de un túnel que una Francia y España, atravesando esas montañas que arriba se describen. Un túnel esperado por toda la población local porque ayudará a fomentar la economía.

Al menos ese es el argumentario oficial. Abrir un túnel de nueve kilómetros que atraviese el Pirineo para ahorrar una hora y treinta minutos de viaje, favorecerá el comercio, atrayendo a más turistas a un valle masificado, que no ha parado de crecer en los últimos años. Que ha ido comiendo, con urbanizaciones, terreno a la naturaleza, su principal reclamo. Favorecerá el comercio, aportando unos pocos cientos de personas más al año en el mejor de los casos, o miles de vehículos más en el peor, que circularán y contaminarán un paraje único, actualmente declarado y protegido como parque natural.

Eso dejando de lado las implicaciones que puede tener para la fauna y la flora perforar un túnel de nueve kilómetros a través de semejantes montañas. E ignorando también los cambios en el clima que supondría semejante agujero. El que haya estado en los Llanos del Hospital por la tarde, habrá visto como las nubes que vienen de Francia engullen poco a poco las montañas, cubriéndolas por completo y deshilachándose a medida que entran en el valle. Viendo semejante espectáculo, es imposible pensar que un túnel como el propuesto no vaya a tener ningún impacto en el clima de la zona. El impacto paisajístico se da por descontado y el impacto social de la masificación turística que ya se observa en lugares como Venecia, las islas Baleares o Barcelona ni siquiera tiene lugar en los estudios.

El túnel, además, sería financiado mediante inversión extranjera que se recuperaría a través del cobro de un peaje. El hecho de que la inversión sea extranjera supone lo siguiente: pagará el túnel un grupo de inversores a quien las consecuencias sociales, meteorológicas, paisajísticas y climáticas les quedan muy lejos. Es mucho más fácil destruir una tierra en busca de recursos cuando esa tierra está a centenares o miles de kilómetros de tu casa.

Si los gobiernos quieren de verdad poner freno a la crisis climática, es el momento de valorar nuestro patrimonio natural, de poner en valor la naturaleza y la montaña y de asumir que el beneficio económico no siempre es lo mejor para la sociedad. Es el momento de tomar decisiones valientes y poner freno a los mercados para preservar aquello que una vez perdido no hay manera de recuperar.

El túnel benasque-Luchon

El derecho o deber de votar

No creas que un simple voto no sirve de mucho. La lluvia que refresca el suelo reseco está hecha de simples gotas. – Kate Sheppard

La democracia se define como un sistema político que otorga la soberanía al pueblo. Cada uno de nosotros tiene el derecho a gobernar. Cada uno de nosotros tiene el derecho a defender sus intereses frente al resto de ciudadanos y a ser escuchado. Esta idea, si la mantenemos en su simpleza original, se vuelve impracticable a medida que las comunidades, las ciudades y los estados crecen. Así pues, ha sido necesario reinventar el término sin desprestigiar, demasiado, el sentido original.

La democracia es, entonces, el sistema que otorga al pueblo el derecho a elegir y controlar a sus gobernantes. Esto significa que cada vez que votamos, estamos delegando nuestra fracción de poder en otra persona o en otras personas. Pero nuestros derechos no acaban ahí, tenemos el derecho a controlar a las personas que han sido elegidas para asegurarnos que no abusan de ese poder, que representan los intereses de aquellas personas que les han delegado parte de su poder y, si es posible, también del resto de ciudadanos.

Si decides no delegar a ningún representante, el funcionamiento actual de las instituciones te deja prácticamente sin opciones a la hora de defender determinados intereses frente a las instituciones. Por supuesto, hay mecanismos para seguir participando de la vida política, pues esta no acaba en el voto, pero el voto elige a los legisladores y los legisladores definen el marco legal de la participación ciudadana en la política, sea a través del voto, de asociaciones o de cualquier otra forma de ejercer el poco poder que nos otorga la democracia.

Votar se convierte, por tanto, en algo más que un derecho aislado. Votar configura el marco de referencia desde el que podremos hacer política. Entendiendo política como la manera de ejercer nuestra pequeña parcela de poder, de representar y defender nuestros intereses. Si nos aferramos a la idea de que votar es delegar una parte de nuestro poder a un representante que lo ejercerá por nosotros, esto implica que deberemos ser capaces de controlar que hace con ese poder y para poder controlarlo deberemos ser capaces de saber que pretende hacer y que hace efectivamente con él.

De la última parte, saber qué hace efectivamente con él, se encarga, supuestamente, el periodismo. De la primera, entender que hará nuestro representante con el poder que le damos, debemos encargarnos nosotros. Conociendo su programa electoral, sus ideas y contrastándolas, si es posible, con las cosas que ha hecho en el pasado. Votar, no es solo ir a dejar una papeleta en una urna, viene de la mano con ciertas responsabilidades.

Es por eso, que si nuestro poder y nuestros intereses son de alguna manera relevantes para nosotros, deberíamos considerar el acto de votar más como una responsabilidad ciudadana que como un derecho. Incluso aquel que decida que ningún representante es lo suficientemente bueno como para delegarle su pequeña parcela de poder, tiene otra responsabilidad asociada al voto: controlar que hacen los representantes elegidos con las fracciones de poder que reciben. Sin el control de periodistas y ciudadanos, sin el voto, la democracia puede llegar a pervertirse hasta perder su sentido.

Es por ello que podríamos afirmar que la democracia, y el acto de votar como parte de ella, no es un derecho sin más, sino un deber de todos los ciudadanos.

El derecho o deber de votar

Cuando las máquinas nos digan qué pensar

Soy el último hombre sobre la Tierra. No tengo miedo. A través de la máquina, he encontrado el poder de la razón, la libertad de la verdad y el conocimiento de que todos los hombres anhelan. Los hombres crearon la máquina a su imagen, y ahora, los hombres deben someterse a su sabiduría. – Isaac Asimov

Hace ya unos meses que salió ChatGPT y desde entonces he estado jugando con esta herramienta. Tiene un potencial sorprendente. Incluso teniendo una ligera idea de como funciona una Inteligencia Artificial (IA), me sorprende de hasta dónde es capaz de llegar. Es posible mantener conversaciones que podríamos catalogar de humanas, es posible desviarse del tema y volver más tarde a ello. Incluso es posible que cambie el registro de la conversación. ¿Quieres una conversación formal? ¿Erudita? ¿En argot? La IA es capaz de satisfacer esos caprichos, con las limitaciones de la época en la que fue entrenada. No solo eso, ha trascendido el ámbito tecnológico. Todo el mundo habla de chatGPT.

En los próximos años, si no en los próximos meses, la IA va a ser capaces de tomar decisiones relevantes por nosotros y no solo de mantener conversaciones. En los tiempos que están por venir, la IA acumulará más y más información, sobre cada uno de nosotros a medida que vayamos interactuando con ella, o con ellas, pues dudo que sea una sola IA la que esté disponible de forma abierta. Incluso, es más que probable que en el futuro existan IA para distintos estratos sociales. A diferencia de nosotros, las máquinas que albergan dicha inteligencia, si que tendrán la capacidad para asimilar esas cantidades ingentes de información que recibirán.

Si un problema he visto mientras probaba ChatGPT es la capacidad para generar conversaciones y respuestas afines a la conversación que se va construyendo. Es decir, la IA no solo interactúa conmigo, interactúa conmigo mostrando afinidad por las ideas que le planteo. Cuando le rebates alguna idea, reescribe la respuesta de manera que satisfaga al usuario. Cuando le pides que te confronte, lo hace recordándote que es una IA y sus opiniones podrían estar sesgadas. Advertencia que no existía cuando conversábamos sin entrar en la confrontación. ¿Por qué la advertencia aparece al mostrar una opinión pero no otra? La verdad es que no tengo respuesta para ello, pero me parece peligroso.

Los humanos lidiamos día a día con una gran cantidad de sesgos cognitivos. Estamos más dispuestos a creer aquello que respalda nuestra opinión que un dato que se opone a nuestras creencias; valoramos la información de una u otra manera en función de como se nos presente; en ocasiones confundimos las ideas sugeridas con los recuerdos o con las propias ideas y muchísimos otros sesgos con los que topamos cada día de forma consciente o inconsciente.

Esto convierte a la IA en una herramienta extremadamente potente para decirnos que es lo que debemos pensar. Se trata de un software orientado a tomar las mejores decisiones basándose en todos los datos disponibles y es capaz de asimilar muchos más datos de los que asimilaría una sola persona a lo largo de su vida. Esto nos lleva a un escenario en que la IA nos puede dar aquellas respuestas que sean más susceptibles de provocar una reacción en nosotros y no necesariamente la reacción que queremos.

Nosotros mismos le daremos los datos que necesita para generar una respuesta. Nosotros mismos la guiaremos a través del proceso de aprendizaje para que nos dé respuestas que nos gusten cada vez más. Nosotros mismos le pediremos que nos confronte y le presentaremos nuestro sistema de creencias y valores. Llegará un punto en que incluso confiaremos en la inteligencia artificial. Será muy difícil, incluso antes de llegar a este punto, saber si las decisiones que toma la inteligencia artificial son las mejores para nosotros o las mejores para otras personas. Detectar una manipulación, si es que existe, a este nivel me parece enormemente complejo. No solo eso, en un mundo desgraciadamente neo liberal en que los intereses económicos lo son todo, ¿qué impide a una gran empresa adquirir una inteligencia artificial y liberarla para todos los públicos para que de forma sutil guie a la gente en favor de los intereses de dicha empresa?

Parece una conclusión conspirativa, catastrofista, pero no hay que olvidar que las inteligencias artificiales no son más que software y el software se hace con un interés en mente, por personas que tienen sistemas de creencias y valores igual que todos nosotros. Sin llegar al extremo de las empresas, podría darse el caso, que debido a los sesgos o preferencias de los creadores, una IA diese preferencia a candidatos cristianos sobre candidatos de cualquier otra religión a la hora de ordenar los currículums que debe ver alguien de recursos humanos. En este caso, la última palabra sigue siendo de una persona, pero la IA podría estar manipulando, incluso sin quererlo, la visión que el trabajador de recursos humanos tendría de los candidatos.

No sé cómo podría controlarse o auditarse una situación así, pero creo que es importante que todos tengamos en mente que la IA no es solo una herramienta más, es una herramienta cuyo uso tiene profundas implicaciones en prácticamente todos los niveles de nuestra vida y nuestra sociedad.

Cuando las máquinas nos digan qué pensar

Del Mobile World Congress

Hace unos días estuve en el Mobile World Congres. Este congreso, originalmente enfocado a los teléfonos móviles y la conectividad, es ahora un gran escaparate de las tecnologías futuristas y disruptivas que aspiran a estar en boca de todos en los próximos años. Cada año, miles de visitantes se reúnen para hacer negocios y descubrir que es lo que nos depara el futuro. Este año en concreto, la ciudad de Barcelona, que es dónde se celebra, estimaba que el Mobile World Congress movería más de 350 millones de euros y que acogería unos 80.000 visitantes de muchas y variadas nacionalidades.

Un escaparate perfecto tanto para empresas consolidadas como para nuevas empresas que quieren mostrar sus progresos hacia un futuro mejor, en que las ya no tan nuevas tecnologías se pondrán al servicio de las personas para ofrecerles una mejor calidad de vida y una respuesta a los grandes problemas de nuestro tiempo.

Este año, el metaverso, la inteligencia artificial y la realidad aumentada han sido los principales protagonistas junto con las conexiones 5G y los móviles de alta gamma.

Al pensar en los grandes problemas de nuestro tiempo, tal vez la realidad virtual o la poca calidad de las fotografías durante la noche, no sea lo primero que nos venga a la cabeza. Tampoco la mejora de los servicios de streaming, los chips sumergibles, un tren capaz de avanzar a toda velocidad en un tubo de vacío o un pastillero que se chiva a nuestro médico si no tomamos la medicación. Se diría que el Mobile World Congress, autoabanderado de las nuevas tecnologías, ha perdido una nueva ocasión para mostrar el alineamiento de la tecnología y de la industria con problemas como el cambio climático, la desertización, las guerras, la escasez de agua potable, la demanda creciente de energía en un mundo con recursos limitados o incluso, llevándolo más al sector de la industria, la optimización mediante inteligencia artificial de los procesos en la cadena de distribución para combatir la inflación.

O tal vez nunca importó a las empresas erigirse como la respuesta a los grandes problemas de nuestra época. Que la tecnología debe ponerse al servicio de los humanos parece claro para todos los ciudadanos, siempre, claro que aquellos que invierten en ella puedan sacar algo a cambio. Y esto significa, que por muy disruptiva que pueda ser la tecnología, siempre tendrá más valor en aquellos campos en los que hay gente dispuesta a invertir.

Una oportunidad perdida no solo en el ámbito tecnológico, también en el medioambiental. Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que la mayoría de material con el que se montan los stands de la feria se consideran residuos. Moqueta, paredes, cableado, lonas, cartelería y más, mucho más. Toneladas y toneladas de residuos que acaban en la basura después de 5 días de trajín.

Una feria como esta mueve millones de euros, cierra tratos, favorece negocios, aúpa a algunas empresas y hunde a otras, pero, de nuevo, no tiene en cuenta los grandes problemas actuales. Distintos ayuntamientos luchan por albergar una feria que deja toneladas de residuos y que altera enormemente la vida de la ciudad, pensando en el dinero que dejará a la ciudad y no en las consecuencias ecológicas y sociales que supone un evento de tal magnitud.

Parece una nueva oportunidad perdida de dar ejemplo, de que todas las campañas publicitarias de compromiso medioambiental y social de las empresas fragüen en algo más que simples campañas publicitarias, de que los políticos muestren su compromiso real con las problemáticas que enfrenta nuestra sociedad. Una oportunidad, como las otras, que dejamos escapar mirando hacia otro lado mientras nos felicitamos por lo mucho que somos capaces de hacer avanzar la tecnología.

Es cierto que cada lucha y cada reivindicación tiene su momento y su lugar, pero problemas globales y ubicuos deben tener respuestas globales y ubicuas.

Del Mobile World Congress

Excluidos de la política

La política debería ser la profesión a tiempo parcial de todo ciudadano. – Eisenhower

La política va más allá de los juegos de poder de unas pocas personas escogidas mediante el sistema del sufragio universal. La política permea todos los estratos de la sociedad y es muy difícil, si no imposible, escapar a ella. Al escoger un trabajo, una tienda en la que comprar, un centro de salud o incluso una escuela, estamos haciendo política. Configuramos la sociedad según aquello que creemos y según la manera en que actuamos y nos organizamos. Claro, que no todas las formas de hacer política tienen el mismo peso en la manera en que una sociedad se conforma. Las acciones de los grupos políticos o de los lobbies, o grupos de presión, suelen tener una influencia mucho más cortoplacista y directa que las agrupaciones culturales o las asociaciones de vecinos. Aun así, existen mecanismos que permiten a los ciudadanos de a pie cambiar el rumbo de una sociedad o interpelar directamente a sus representantes políticos. Son, por ejemplo, las manifestaciones, las agrupaciones sindicales, las asociaciones, la cultura, la divulgación y el periodismo y otras muchas que seguro ejercemos en nuestro día a día.

El principal problema de todos los mecanismos de participación política, tanto los ya mencionados como cualquier otro que se nos pueda ocurrir, es que requieren tiempo, preocupaciones y esfuerzo. Incluso si decidimos participar en la política solo a través de las elecciones legislativas, informarse de los programas de los partidos políticos para no comprar eslóganes vacíos requiere tiempo y esfuerzo.
¿Qué sucede si no somos capaces de realizar ese esfuerzo? ¿Qué sucede si no disponemos de ese tiempo? En ese caso, nos vemos excluidos de la política, de la posibilidad de modelar la sociedad futura. Mientras unos pocos configuran el mundo por venir, otros tenemos que trabajar a diario, gestionar una casa y cuidar, de la mejor manera posible, a familia y amigos. Y este es un escenario benévolo en el que el día a día no es una lucha por la supervivencia.

Es decir, las personas que dedican todos sus esfuerzos a la subsistencia diaria tienen muy difícil participar en la toma de decisiones que configuren el mundo del mañana. O, dicho de otra manera, mientras más bajo es el estrato social al que perteneces, más tiempo y esfuerzo requiere poder influir en las políticas que se hacen en tu entorno.
Esto es especialmente peligroso cuando se trata de conformar la sociedad en que vivimos. Si el conjunto de personas con un status socioeconómico más bajo tiene mayores dificultades para participar en la política y en la toma de decisiones, el resultado de las políticas actuales tendrá poco en cuenta los intereses de todo este conjunto de ciudadanos. Al favorecer los intereses de otros conjuntos de la población, podría darse el caso en que todo un conjunto de ciudadanos no solo no es favorecido por las decisiones de los dirigentes políticos, sino que es completamente excluido del proceso de toma de decisiones. Esta exclusión no se produciría de forma inmediata, pero si debido a la sucesión de distintos ciclos políticos en los que el estrato socioeconómico menos favorecido cada vez tiene un menor peso en la configuración de la sociedad.

Así pues, una democracia real, debería tratar de que todos los ciudadanos pudiesen participar de los procesos políticos de la sociedad. No solo de las elecciones legislativas, sino de todos los procesos democráticos y culturales que conforman la sociedad que los integra. Esto, claro, siempre que entendamos que una democracia real es aquella en la que todos los ciudadanos se presentan con las mismas garantías y derechos ante las instituciones y ante los otros ciudadanos.

Excluidos de la política

Un sistema perverso

«Haber estudiado» – Anónimo

Si afirmase que el sistema socioeconómico actual es perverso, tal vez nos vendrían a la mente un gran número de justificaciones para respaldar u oponernos a esta afirmación. Las primeras ideas ante semejante afirmación se refieren al reparto de la riqueza, a la desigualdad, ambición, guerra, explotación o ideas similares. Sin embargo, aunque estas ideas pueden tener fundamento y deben discutirse, lo que convierte al sistema en algo realmente perverso es como ha logrado modificar nuestra percepción de la sociedad y de los trabajadores.

La sociedad nos empuja a pensar que esforzándonos lo suficiente podremos llegar a conseguir todo lo que deseamos. O, en su lectura negativa, nos lleva a pensar que si no tenemos una vida mejor es porque no nos hemos esforzado lo suficiente. Tanto si nos aferramos a la lectura positiva como a la negativa, esta idea parte de la premisa de que todos somos iguales y nacemos con igualdad de oportunidades, independientemente de nuestro sexo, raza, creencias o pasaporte. Adoptada por el liberalismo, se ha convertido en una idea que permite a los poderosos sentir que los privilegios obtenidos al nacer no tienen nada que ver con su éxito, al mismo tiempo que es indulgente con el menosprecio hacia aquellos que no han conseguido el mismo éxito.

Podríamos catalogar el planteamiento de esta suerte de meritocracia como perverso, por las razones expuestas o por otras que se me escapan. Más allá de este pensamiento subyace otro extensamente arraigado que va más allá de los discursos sobre marcas personales, autosuperación o responsabilidad en el éxito propio o ajeno. Vivimos en una sociedad dónde aquellos que ostentan más poder son los que ocupan puestos que podríamos considerar no esenciales. Entre los trabajos menos valorados se encuentran los de basurero, cajero de un supermercado, camareros o los exterminadores de plagas. Entre los trabajos mejor pagados, excluyendo los cargos de altos directivos, se encuentran trabajos relacionados con las tecnologías de la información, con la genética, con la banca o con la medicina, siempre que nos quedemos en el rango de doctor o doctora de especialidad. Curiosamente, en ninguna lista de trabajos a la que haya tenido acceso aparecen profesiones como la de agricultor, ganadero, ni hay referencias a los cuidados de los niños o el hogar.

Es más, habitualmente, suele asociarse un alto nivel de estudios con una mejor situación económica y personal. Hemos interiorizado y normalizado que trabajos del sector primario y secundario son trabajos no deseados. Hemos interiorizado que el cuidado de aquellas personas que conformarán la próxima generación de trabajadoras no pueden considerarse trabajos. Vivimos en una sociedad que nos ha convencido de que los trabajos imprescindibles son los menos importantes. Nos ha convencido de que sus trabajadores son los menos aptos, los menos válidos, los que menos esfuerzos han hecho por tener una vida mejor. Durante la pandemia, la gente que siguió yendo a trabajar, dada la naturaleza imprescindible de sus trabajos, no fueron las directivas, ni las ingenieras o las encargadas de la banca. Fueron las agricultoras, las ganaderas, las limpiadoras y las cajeras. Toda esa gente sin la que la sociedad no puede salir adelante es la misma que el sistema coloca en el más bajo escalafón social y económico.

Y lo realmente perverso, no es que los sitúe en esa posición, sino que de alguna manera ha logrado convencernos a todos los demás que esas son las posiciones a evitar. Cuidar de los demás, incluso en el caso de enfermeros y enfermeras, no es un trabajo relevante. Cultivar el campo o gestionar los residuos son trabajos para la gente que no tiene otras opciones. Muy ligado a esta educación podemos ver el menoscabo de las mujeres que han sido las principales encargadas de asumir los trabajos de cuidados en todos los aspectos. Trabajos que todos los medios, incluyendo la cultura, están desligados del éxito personal y profesional.


Vivimos en un sistema perverso. Un sistema que nos ha convencido de que el éxito personal y profesional no tiene nada que ver con nuestra subsistencia o evolución como sociedad y que, por supuesto, no está ligado en forma alguna a la subsistencia del planeta en que vivimos.

Un sistema perverso

Inteligencia artificial, automatización y poder popular

“Nos manifestaremos, como hicimos ayer. La fábrica es suya, pero nuestro el poder” – Lisa Simpson

Aunque de un personaje de dibujos animados, la frase que abre el post es bastante representativa de lo que han sido las luchas obreras, desde las revoluciones agrarias y campesinas al final de la edad media hasta los últimos años.

Las huelgas y las manifestaciones son la manera que tienen los trabajadores y los votantes, es decir, el pueblo, de oponerse a los que ostentan el poder, sean estos patrones, políticos o ambas cosas al mismo tiempo. Por mucho que en público se defienda que son las empresas las que generan valor, o los políticos los que ostentan el poder, la plusvalía de la fuerza de trabajo es innegable. Prueba de ello es que a través de las huelgas y las protestas, las uniones de trabajadores han sido capaces de lograr sus demandas. Algo parecido sucede con los políticos. Aunque los gobernantes ostentan el poder, el descontento popular ha logrado, en muchas ocasiones, imponer su agenda.

Esto es, sin duda, porque los trabajadores generan valor a la empresa. Porque, en el caso de democracias representativas, las fuerzas sociales son capaces de articularse para recuperar el poder que se ha cedido a un dirigente. Incluso en estados autoritarios, la unión de ciudadanos insatisfechos puede llevar a revoluciones que acaben con el régimen, como pasó en Egipto durante la primavera árabe.

Aunque esto ha sido así hasta ahora, nuevos actores entran en escena. La evolución de la técnica ha permitido el abaratamiento de la automatización y la irrupción de la inteligencia artificial. Los últimos avances en esta última tecnología demuestran que es capaz de reemplazar a los humanos en determinadas tareas con un éxito relativamente satisfactorio. Hay una gran cantidad de empresas que justifican parte de su modelo de negocio alegando que la responsabilidad de las decisiones tomadas recae en un algoritmo y no en una persona. Es el caso de Glovo o de Amazon, por ejemplo, que en más de una ocasión han defendido que parte de sus políticas concernientes a trabajadores son gestionadas por algoritmos.

Además de otros problemas, legales y éticos que pueda plantear, la llegada de estas tecnologías puede suponer un cambio de paradigma en la manera en que la gente de a pie tiene acceso al poder.

Ante la posible destrucción de puestos de trabajo se han propuesto diversas soluciones. Entre ellas, una que quizás nos suene a todos: la creación de una renta universal. Las soluciones propuestas vienen a solucionar la subsistencia en un mundo en el que es difícil o imposible conseguir un trabajo para muchos ciudadanos. Sin embargo, esta renta universal o las otras soluciones propuestas, vienen dadas por la voluntad de los que ostentan el poder o el capital de mantener a aquellos que no pueden obtener un trabajo.

Históricamente, los patrones o empresarios han tenido que escuchar a los trabajadores porque necesitaban de ellos para que su empresa les generase valor. Huelgas o protestas atacaban directamente a su fuente de poder. ¿Qué pasará en el momento en que una empresa no necesite de trabajadores? ¿Por qué iba entonces un empresario a escuchar las demandas de la gente? Es más, ¿qué sucedería si los clientes de una empresa fuesen algoritmos en lugar de personas? En este caso la desconexión sería completa. El poco poder que en algún momento han ostentado los trabajadores o consumidores se desvanecería.

Algo parecido podría llegar a pasar con el estado. En los estados llamados democráticos, la opinión pública determina quien ostenta el poder. ¿Qué pasaría si la inteligencia artificial fuese capaz de manipular de forma efectiva la opinión pública? ¿De generar cultura? Seguramente el que estuviese en control de la inteligencia artificial, estaría también en condiciones de otorgar el poder a aquel que más le conviniese. Incluso si las inteligencias artificiales fuesen abiertas a todo el mundo, los sesgos ideológicos de su creador, traspuarían en todas las obras generadas.

La cultura, ayuda a articular el sentir colectivo. Si la cultura está en manos de muchos, es posible acceder a gran cantidad de ideas, a generar debate. Cada creador transfiere sus sesgos ideológicos y sus propias vivencias a su obra. Si llegase el punto en que la inteligencia artificial se emplease de forma extendida para el desarrollo de la cultura, podrían a llegar a imponerse los criterios de unos pocos, podríamos llegar a perder la riqueza de distintos puntos de vista.

Eso nos lleva a pensar que los trabajadores y los votantes podrían perder el poder que tienen frente al estado y a los empresarios. Llevando la situación al extremo, considerando también la crisis climática que nos afecta a nivel planetario, podría darse el caso de que se desarrolle una nueva clase social, la de los ciudadanos prescindibles. Un conjunto de la sociedad para los que no vale la pena gobernar. A los que no vale la pena dar trabajo, escuchar o cuidar. Por desgracia, dentro del modelo económico actual, este escenario no solo no es descabellado, sino que ya existe. Ejemplo de ello son los ancianos que durante la pandemia no fueron trasladados a hospitales desde las residencias o la gente de la Cañada Real que lleva años sin ser escuchada.

Esto nos lleva a un escenario peligroso. Si llegásemos como sociedad a ese momento en que la renta básica universal tuviese sentido y gran parte de la población viviese de ella, el sustento de la población dependería de los valores humanitarios de unos pocos. Desgraciadamente, a día de hoy los valores humanitarios de esa élite están en entredicho.

Podríamos concluir que el desarrollo de la inteligencia artificial, sin un control cuidadoso en cuanto a opciones de acceso, regulación y sesgos cognitivos, puede ser uno de los elementos clave para la subversión de los equilibrios de poder que hemos conocido hasta ahora.

Inteligencia artificial, automatización y poder popular

Baja por paternidad

Hoy es el último día de mi baja de paternidad y quería compartir algunas situaciones ocurridas durante los últimos ocho meses. Ser padre es algo delicado, es nuevo y no tienes ni idea de como enfrentarlo por lo que muchas de las situaciones que quiero compartir me han hecho dudar, pensar en si estoy haciendo o no lo correcto y supongo que esas dudas son las que me hacen compartir estas situaciones.

Podemos empezar por la demoledora frase: “Ahora te quedas de niñera”, que he escuchado varías veces y que esconde demasiadas cosas que deberían cambiar. Al nacer mi hijo decidimos que partiríamos la baja, es decir, que primero la haría uno y luego el otro. Así podríamos postergar un poco el momento en que nuestro hijo tendría que ir a la guardería. La frase no la oí nunca mientras la madre estuvo con el niño. Sin embargo, sí que me la dijeron a mi varias veces y me molesta. No me quedo de niñera, se trata de mi hijo. Me toca hacer de padre, algo que no he dejado de hacer desde que nació. No es un trabajo distinto al que hago cada día, simplemente ahora tengo la suerte, el privilegio, de poder estar con él en casa cada día. Ser un hombre, no hace que cuidar de mi hijo deje de ser mi trabajo. En la misma línea está la expresión “Estás hecho un padrazo” en cuanto te ven cambiar un pañal. Cambiar un pañal no me convierte en un padrazo, darle el biberón a mi hijo o abrazarlo cuando llora no me convierte en un padrazo. No a menos que mi pareja se lleve los mismos elogios por las mismas tareas. Al parecer a ella cambiar un pañal no la convierte en una madre mejor o peor, simplemente damos por hecho que debe hacerlo.

Después de las pullas o los halagos están los consejos o las advertencias. “Está demasiado empadrado/enmadrado”. “Es que está todo el día con vosotros”. “Siempre os busca, a la que te vas se pone a llorar”. “Lo tenéis demasiado protegido”. Y algunas más que seguro me dejo en el tintero. Se trata de un bebé. ¿Con quién va a estar si no es con sus padres? Somos los responsables de cuidarlo y de asegurarnos que esté bien y de que tenga aquello que necesita. Somos sus referentes en todo. Claro que nos busca, somos las personas que cubrimos sus necesidades, las que le damos amor y confianza. También lo hacemos los adultos. Cuando vamos a fiestas buscamos a nuestros amigos, en el trabajo buscamos a los compañeros con los que nos llevamos mejor, cuando salimos de nuestra zona de confort buscamos lo que nos es familiar. ¿Cómo exigirle a un bebé que no lo haga? Habrá niños que dependan más de su madre y habrá niños que dependan menos. Habrá momentos en los que habrá que empujar a nuestros hijos a valerse por sí mismos y a desempeñarse en el mundo, sin vergüenza, sin ayudas, pero no estoy seguro de que ese momento sea a los seis ni a los ocho meses de edad.

Un consejo: deberíais dejar a vuestras parejas. Renunciar a cualquier sueldo por encima de lo que vayáis a cobrar de pensión. Es por vuestro bien, de otra manera podríais acostumbraros y es sabido que todos morimos solos y que cuando seamos mayores tendremos que vivir de la pensión. Rechazad todo lo demás. ¿Os parece absurdo? Porque damos consejos entonces en la línea de “No cojas a tu hijo en brazos que se va a acostumbrar”. La vida de todos pasa por distintas etapas, no tiene sentido vivir cada momento preparándonos para el siguiente. No disfrutaríamos jamás de la vida si lo hiciésemos así. De la misma manera no veo que tenga sentido negarle amor, cariño o consuelo a un bebé porque podría acostumbrarse. Hay una gran distancia entre negar estas cosas, básicas a mi parecer, a un niño y malcriarlo. ¿Acaso negamos abrazos o besos a nuestras parejas? ¿Acaso debemos tratarles con desdén porque así es como los tratarán en el trabajo? Al fin y al cabo pasamos más tiempo en el trabajo que en casa, despiertos al menos.

Ahora imaginemos a una chica paseando por un supermercado y de repende un señor se acerca a ella, la mira fijamente y le acaricia la mejilla. “Hola, guapa”, le dice. Sería una situación muy desagradable. Lo más probable es que la chica llamase a seguridad. Sin embargo, al hacérselo a un bebé, todavía hay quien se sorprende cuando el bebé se pone a llorar. ¿Por qué no debería llorar si una completa desconocida le acaba de tocar la cara mientras iba tranquilamente con sus padres? No tengo nada en contra a que la gente salude al niño o que le diga cosas. Al fin y al cabo, creo que a todos nos iría mejor si nos saludásemos por la calle, pero de ahí al contacto físico hay un trecho muy grande y si sobrepasamos ese trecho invalidar al niño diciéndole que no debe llorar cubre un trecho aún mayor. ¿Por qué no debería llorar?

Por último, y dejándome seguro muchas situaciones en el tintero, está la eterna dualidad. ¿Es bueno el niño? “Es que el niño es un llorón”, “es que el niño es un quejica, tragón, etc.” todo etiquetas peyorativas que a cualquier adulto le sentarían como una patada en el estómago y que en cambio toleramos y aceptamos cuando van dirigidas a niños, en especial a bebés. “Si se lo digo de forma cariñosa”. Pocos adultos aceptarían ese tipo de cariño.

He tenido la gran suerte de poder pasar cuatro meses con mi hijo, cuidando de él. Viendo como crece, descubriendo sus primeros momentos: la primera vez que se puso en plancha, cuando empezó a arrastrarse, a gatear, a ponerse de pie, a llevarse la comida a la boca. He tenido la oportunidad que no tuvieron nuestros padres, que apenas tuvieron uno o dos días de permiso, si es que lo tuvieron. Es una gran oportunidad, no solo para disfrutar de nuestros hijos y crear un vínculo precioso, si no de empezar a cuestionarnos muchas de estas situaciones. Los permisos han cambiado, tal vez debemos cambiar también como los vivimos.

Baja por paternidad

Volver a la tierra

Si sirves a la naturaleza, ella te servirá a ti” – Confucio

Empezamos a interiorizar que no tendremos un poder adquisitivo o nivel de vida mayor que el de nuestros padres, de la misma manera que aceptamos que nuestros hijos no tendrán un nivel de vida mayor que el nuestro.

Empezamos a aceptar como un hecho que el planeta se está convirtiendo en un lugar hostil hacia la humanidad, al menos hacia la humanidad tal como la hemos conocido en los últimos siglos. Por primera vez en la historia, los mensajes desesperanzadores son globales. Trascienden países y religiones. El mensaje es claro. Se nos da una última oportunidad y los que más poder tienen para cambiar las cosas nos piden a todos que estemos a la altura.

Vivimos en una época en que la información se ha convertido en uno de los principales activos. Las empresas más importantes del sector tecnológico se dedican a recoger datos mientras nos piden que vivamos cada vez más alejados de la experiencia física y más cerca de la experiencia virtual, más cerca de los datos.

Mientras estos mensajes se convierten poco a poco en la certeza de una época, las novelas sobre el futuro han mudado de alegres utopías tecnológicas en angustiosas distopías derivadas del colapso de los sistemas de valores, políticos y religiosos. Este cambio de visión es el reflejo de una sociedad global que no encuentra soluciones a los nuevos problemas en los sistemas establecidos, que duda que ninguno de los relatos de los que dispone para cimentar el futuro soporte las duras pruebas a las que lo va a someter.

Necesitamos un sistema que de respuesta a los grandes dilemas que afronta nuestra sociedad. Problemas en su mayoría globales. Una solución que tenga en cuenta las nuevas tecnologías, con las que convivimos desde hace años. No los móviles o internet, si no la automatización y la inteligencia artificial. Sea cual sea el planteamiento que resuelva los grandes problemas deberá ser capaz de lidiar también con los problemas del día a día, con el estrés mental que supone enfrentarse a cambios constantes, de trabajo, de formación, de exigencias, incluso de certezas.

La Vuelta a la tierra podría ser la base sobre la que construir un futuro que ahora se dibuja incierto.

¿Qué significa volver a la tierra?

En los últimos años han proliferado alrededor del mundo movimientos que defienden la vuelta a valores tradicionales, que ponen al individuo nacional por encima del individuo global, que ofrecen la vuelta a tiempos pasados, a menudo dibujados de manera que parezcan más atractivos de lo que realmente fueron. Estos movimientos, si bien no ignoran los problemas globales a los que nos enfrentamos, proponen como solución garantizar el bienestar de los cercanos a costa del bienestar del foráneo o del diferente.

Volver a la tierra no supone la vuelta a tiempos pasados, a sistemas basados en la agricultura. No propone tampoco un éxodo masivo al campo ni rechazar los avances tecnológicos que nos han traído hasta el momento presente.

Volver a la tierra es un leitmotiv para hacer referencia a un mayor cuidado de la naturaleza, a un mayor contacto con el mundo físico en contraposición del mundo virtual y a la creación de comunidades que sean capaces de crear redes de apoyo a través de la gestión de tierras o espacios de cultivo.

Algoritmos e inteligencia artificial

Ya hay empresas que escudan muchos sus comportamientos en algoritmos o inteligencia artificial. Así, esta fue una de las defensas de las empresas de Raiders en España para justificar que los repartidores no eran falsos autónomos. No era la empresa quien les asignaba trabajo ni calificaciones para obtener más repartos, era un algoritmo.

La Inteligencia artificial y los algoritmos cambian las reglas de juego, no únicamente en las relaciones comerciales, también en la manera en que empresas y ciudadanos se relacionan con la justicia y las instituciones.

¿Hasta que punto es responsable una empresa o un individuo de una decisión que ha tomado una inteligencia artificial? ¿Qué sucede si un algoritmo puede hacerse cargo de una división completa de una empresa? ¿Qué sucederá cuando dos empresas puedan relacionarse entre ellas, a nivel comercial incluso, sin requerir de la intervención de humanos?

Ninguna de las preguntas anteriores puede responderse fácilmente, pero hay gobiernos e instituciones que ya están tratando de darles respuesta. Mientras hay quien se encarga de los problemas éticos o tecnológicos, los gobiernos y muchos ciudadanos tratan de encontrar una solución a las posibles perdidas de empleo que ocasionará la aceptación de la inteligencia artificial o la automatización total de determinados sectores.

En varios países, entre ellos España, se baraja la idea de una renta básica universal. La idea consiste en que cada ciudadano reciba un subsidio por parte del estado que le permita vivir de una forma digna. El problema es que con unos sistemas de pensiones deficitarios y con las grandes empresas tecnológicas descentralizando sus impuestos, el poder garantizar una renta básica universal parece complicado. Los sistemas de bienestar europeos se basan en los impuestos, que pagan en su mayoría los trabajadores. Si los trabajadores son remplazados por robots o por inteligencias artificiales que no pagan tributos, los sistemas de bienestar se desmoronan.

Si tomamos el leitmotiv Volver a la tierra y otorgamos a los individuos o a pequeñas comunidades la oportunidad de gestionar tierras o huertos urbanos podríamos aumentar su resiliencia a la falta de capital o a periodos de desempleo prolongados.

Otorgar tierras o espacios de cultivo a los ciudadanos les ofrece la posibilidad de cultivar su propio alimento a la vez que crearía espacios verdes en las grandes ciudades y favorecería el retorno de algunos individuos a entornos rurales.

Las necesidades básicas del individuo no se limitan a tener el estómago lleno, si bien es cierto que la comida es una de las primeras necesidades a cubrir, antes incluso de preocuparse por todo lo demás.

Quedarían por solucionar grandes cuestiones como el alojamiento, el transporte, la sanidad, la educación u otros servicios igualmente importantes, pero no son problemas distintos a los que hay que solucionar con el planteamiento de la renta básica universal.

Disrupción tecnológica y salud mental

Las tecnologías disruptivas han cambiado nuestro mundo. Internet revolucionó la manera en que nos comunicábamos y hacíamos negocios, la robótica transformó muchísimos puestos de trabajo y la Inteligencia Artifical parece ser la siguiente que ha de producir un gran cambioi.

Debido a las nuevas tecnologías los puestos de trabajo de la industria se han transformado igual que lo ha hecho la manera en que los ciudadanos nos relacionamos con las empresas. Pocos trabajadores esperan, al menos en las sociedades occidentales, trabajar toda su vida en una misma empresa. Lo habitual, para el trabajador asalariado, es pasar por distintos trabajos a lo largo de su vida, tal vez incluso por trabajos en distintos sectores.

Con la irrupción de la inteligencia artificial es posible que a muchos trabajadores se les presente la dicotomía de reinventarse o quedarse obsoletos. No se trata solo de no estar al día o de no saber usar las últimas herramientas, si no de no ser capaz de desempeñar el trabajo para el que se nos ha contratado.

El cambio de trabajos, la gestión de expectativas salariales, las formaciones, los cambios de sector y otras problemáticas asociadas conllevan cierto estrés mental. ¿Cuantas veces puede una persona reinventarse? ¿Cuantas veces puede una persona ver como su trabajo desaparece?

La gestión de huertos urbanos o rurales, aun cuando no supongan la principal fuente de ingresos de un núcleo de convivencia puede ayudar a sobrellevar los cambios y la incertidumbre en el entorno laboral, que es por otra parte uno de los pilares de la construcción del yo.

La gestión y el trabajo de un trozo de tierra o de un huerto urbano permite el intercambio de trabajo físico por recursos. Las condiciones climáticas cambiantes y los retos ecológicos que están por venir añaden un factor de incertidumbre al trabajo de la tierra, pero mientras que nuestro trabajo podrá requerir una reinvención completa cada pocos años, el trabajo de un trozo de tierra o de un huerto urbano puede suponer un punto de referencia entre los cambios que han de venir.

No solo un elemento fijo entre los cambios que están por venir nos puede ayudar a superar el estrés mental de una adaptación constante, la satisfacción por el fruto del propio trabajo así como la conexión con el propio cuerpo a través del esfuerzo físico, alejándonos por unos minutos del mundo virtual, son elementos que nos ayudarán a lidiar con las exigencias del trabajo y las vicisitudes de nuestro día a día.

Aquí y ahora

Instagram, Tik Tok, Facebook, Twitter y otras tantas compañías compiten constantemente por nuestra atenciónii. Quieren que miremos el siguiente vídeo, que nos deslicemos hacia la siguiente publicación. Así, desde redes sociales, hasta juegos online, pasando por buscadores o grandes plataformas de venta tienen expertos dedicados a obtener un segundo de nuestra atención. Expertos que nos incitan a pasar un rato más en el mundo virtual, alejados del mundo físico.

No es difícil de conseguir, pues tenemos en nuestro bolsillo un catálogo de estímulos con el que difícilmente puede competir la realidad. Tenemos tantos recursos al alcance de nuestra mano para mantenernos entretenidos, para desconectar del estrés del día a día que cuando apartamos la vista de la pantalla el mundo real se nos antoja lento y aburrido.

Al volver a la tierra, encontramos un instante lejos del mundo virtual. Un instante conectados con nuestros músculos, nuestro sudor, nuestro esfuerzo. Conectados con las plantas y con la tierra. Unas plantas que no podemos hacer crecer más rápido abriendo cofres ni pagando gemas ni viendo anuncios como sucede en el mundo virtual.

Volver a la tierra es una excelente manera de desconectarse del mundo virtual, de volver a conectar con la lentitud y la paciencia del mundo e incluso con el propio cuerpo.

Comunidad y cuidado

Encontrar un trozo de tierra para todos es una tarea ardua si no imposible en las grandes urbes en las que se están convirtiendo las ciudades. No solo se trata de encontrar el espació para poder cultivar, hay que encontrar también el tiempo. Las sociedades occidentales se sustentan en una gran miríada de servicios que van mucho más allá del sector primario o secundario.

El leitmotiv Volver a la Tierra no pretende dejar de lado estos servicios ni volver a basar la economía en el cultivo de la tierra si no más bien ofrecer herramientas de resiliencia a los distintos individuos.

La gestión de la tierra o un huerto urbano planteados como actividad complementaria al trabajo diario supone una excelente manera de crear pequeñas comunidades de las que surjan reyes de apoyo y cuidado.

Se pueden ceder solares a comunidades de vecinos o montar espacios de cultivo en azoteas o espacios abiertos. Compartir el espacio permite distribuir el tiempo de dedicación así como compartir conocimientos, éxitos y adversidades creando los lazos necesarios para generar redes de apoyo en ámbitos que van más allá del cuidado del huerto o terreno.

Las comunidades y redes de apoyo surgidas del cultivo cooperativo de un huerto urbano o trozo de tierra pueden llevar a la cooperación en otros ámbitos como el de la generación energética, el transporte u otros elementos básicos igualmente importantes y frente los que un ciudadano a título individual poco puede hacer. En el caso de la generación eléctrica, sin embargo, la cooperación vecinal ya ha demostrado dar sus frutos en algunas iniciativas en Españaiii iv.

Los efectos benéficos van más allá del cuidado personal y del sentimiento de comunidad. El esfuerzo por sacar adelante un trozo de tierra, mantenerlo limpio y hacerlo crecer libre de plagas y contaminantes es una excelente manera de tomar consciencia de la importancia de la naturaleza y trabajar el respeto hacia la tierra y su fruto.

Últimas palabras y cierre

Volver a la tierra no supone un éxodo al campo ni reestructurar un modelo económico para hacerlo depender de la economía. Volver a la tierra es un leitmotiv que defiende la creación de huertos urbanos así como la cesión de tierras para ofrecer mecanismos de resiliencia a la ciudadanía.

El cuidado de un huerto urbano o de un terreno de cultivo permite generar una pequeña cantidad de alimento que puede ayudar a llevar mejor las crisis que están por venir. Añadir el cultivo en nuestro día a día no es solo un mecanismo de resiliencia, es también un elemento estable en una época de grandes cambios. Un elemento físico en un mundo digital. Un trabajo que permite obtener frutos de nuestro esfuerzo y dedicación.

En un mundo que transiciona del dominio de la especie humana al dominio de las máquinas y la inteligencia artifical, la creación de espacios de trabajo en el mundo físico puede ser beneficiosos tanto para la salud mental como para la creación de comunidades y redes de apoyo comunitarias así como para fomentar el respeto por el entorno natural. Incluso en una época de grave emergencia ecológica como la que vivimos, es más fácil respetar aquello que nos toca de cerca.

Aunque el leitmotiv rondaba mi cabeza desde hace un tiempo, ha sido difícil ser capaz de estructurar pensamientos dispersos en este texto. Ser capaz de estructurar el razonamiento tras Volver a la tierra en un texto coherente me ha ayudado a reflexionar sobre ello y espero que me ayude a seguir haciéndolo. De la misma manera que espero que me ayude a exponer mis ideas a otros con tal de poder discutirlas, corregirlas y ampliarlas.

i http://reports.weforum.org/future-of-jobs-2018/shareable-infographics/

ii https://www.bbc.com/mundo/noticias-45509092

iii https://www.efeverde.com/noticias/autoconsumo-energetico-madrid/

iv https://www.primenergy.es/blog/un-pueblo-de-soria-primera-comunidad-energetica-autosuficiente-de-toda-espana/

Volver a la tierra